Vikingos

Después de que le pasara lo que le pasó a Ragnar Lodbrok en la anterior temporada, Vikingos sigue recorriendo el siempre tortuoso camino de las series que intentan seguir adelante sin su protagonista principal. Y, después de una desconcertante “media temporada” de transición, las espadas por fin vuelven a señalar hacia alguna dirección. A más de una, de hecho. Y es que la ausencia del carisma de Ragnar se intenta resolver manteniendo abiertos varios frentes narrativos a través de un reparto más coral que nunca.

History Channel vuelve a repetir la jugada de dividir la temporada en dos remesas de diez capítulos, algo que también mantendrá la ya anunciada sexta temporada. El primer lote se emitió durante 2017 y ha llegado recientemente a Netflix y Amazon Prime, mientras que los diez capítulos restantes han empezado a emitirse este mes en TNT. Es un buen momento para repasar lo que nos ha dejado la primera mitad de temporada, que ha sido mucho y no todo bueno.

La muerte de Sigurd ha puesto en pie de guerra a los hijos de Ragnar. En teoría el enfrentamiento fraticida debería ser el núcleo central de esta temporada, sin embargo debido a las personalidades poco definidas de los chavales esto no termina de ser tan emocionante como debería. Resulta especialmente notable en el caso de Ivar, cuyo carácter volátil provoca que el espectador no termine de ubicarlo. El personaje de Alex Høgh Andersen lo mismo resulta magnético que irritante, según la escena que le toque, y no consigue llevar sobre sus hombros el peso de la trama (referencia a su discapacidad totalmente involuntaria). Más coherente pero igual de voluble resulta
Hvitserk, un personaje lleno de dudas y ensombrecido por sus hermanos. Lo que nos lleva a Ubbe, cuyo giro hacia un papel sibilino y traicionero me ha parecido el más acertado, aunque Ragnar probablemente se levantaría de la tumba para darle unos buenos azotes en el culo.

Irónicamente, el pusilánime Ubbe es el que termina aliándose con los dos personajes que más fuerte lo petan. Hablo de Lagertha y Björn, por supuesto, quienes encabezan la defensa de Kattegat ante el ejército del rey Harald de Noruega. Cuando están en pantalla la acción gana interés siempre. Otra cosa son las discutibles decisiones de los guionistas. El gran perjudicado es Björn, quien protagoniza un par de arcos absurdos que no aportan nada. El más sangrante, una ridícula aventura amorosa que solo se entiende como justificación para una posterior evolución. Lagertha, por su parte, está retratada por primera vez como un personaje falible, algo que no está forzosamente mal en sí mismo, pero quizá mina las esperanzas de verla como protagonista absoluta de la serie. También en Kattegat acaba, por cierto, un obispo guerrero cristiano que hace honor a su cargo repartiendo unas hostias santísimas de muy Señor mío. Es un claro aspirante a nuevo favorito de los fans.

Por su parte, en la pérfida Albión también soplan vientos de cambio y asistimos a la coronación de Alfred, un rey de gran relevancia histórica que presagia muchas cosas interesantes por llegar. 

Vikingos

Quizá la sorpresa más grata es la reconversión de Floki a profeta enloquecido. Bueno, loco estuvo siempre. Una larga travesía errante por mar acaba en el descubrimiento Islandia. Tras desembarcar en la playa negra de Reynisfjara y alucinar con la cascada Skógafoss, un febril Floki lo flipa y llega a la conclusión de que ha llegado a Asgard, la tierra de los dioses nórdicos. Así que vuelve a Kattegat, convence a un grupo de fieles y parte de nuevo hacia Islandia para fundar el primer asentamiento vikingo. Por supuesto, no tardan en surgir los primeros conflictos…

No soy demasiado aficionado a los spin-offs, pero este nuevo arco de Floki tiene suficiente potencial para convertirse en una serie propia que en última instancia podría derivar en una adaptación de las sagas islandesas. Se trata de historias a caballo entre la historia y la leyenda con un tremendísimo potencial narrativo, entre ellas el viaje de Leif Erikson a América casi cinco siglos antes que Cristobal Colón. Un caldo de cultivo perfecto para ampliar el universo de Vikingos.

En resumen, esta quinta temporada apunta a ser otra entrega de transición para una serie a la que le está costando encontrar una nueva voz. Es innegable que Vikingos ha perdido mucho tirón con la desaparición de Ragnar, pero al menos el esfuerzo por enganchar a la audiencia con líneas argumentales frescas empieza a dar sus frutos, aunque todavía faltan muchas ideas por madurar, ya veremos si en los diez capítulos restantes.

No obstante, hay cosas interesantes por el camino que pueden dar mucho juego. Si Odín consigue inspirar a los guionistas de History Channel, quizá la serie vuelva a brillar en su sexta temporada. Brindemos a su salud, pues, con unos cuernos a rebosar de hidromiel. ¡Skål!

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