El amor, la familia, la vocación, la amistad y, en definitiva, la vida han cambiado en los últimos años a un ritmo vertiginoso. Algunos, los triunfadores, han sido incluso más rápidos; la que podríamos denominar “clase media” ha seguido el ritmo a duras penas y se esfuerza por asentar sus triunfos temiendo los nuevos cambios. Sin embargo, hay otras personas que fracasan en sus intentos de adaptarse a los tiempos. A todas ellas se refiere Vida perfecta demostrando que ni siquiera los triunfadores las tienen todas consigo.

María, Leticia Dolera, es la gran protagonista de la historia. Una dentista que está dispuesta a dar un gran paso en su relación con Gustavo y firmar una hipoteca con él. Cris es abogada en un prestigioso bufete de abogados y mamá de dos niñas. Esther es la hermana de María, artista que no vende un solo cuadro. Este es el punto de partida que dibuja un retrato hermoso de una generación desde el punto de vista femenino, algo que escasea y se agradece.

Adiós al cuento de hadas

En Vida perfecta no suceden los milagros que aseguran una vida feliz a los protagonistas. Es una obra que crea un culto al estar perdido, al no saber qué dirección tomar, a nuestras complejidades y contradicciones y, sobre todo, al respetar las decisiones erróneas que tomemos. La serie dice adiós también a los cánones en los que se ha encorsetado a la mujer a la hora por ejemplo de hablar del embarazo ¿Cuándo se ha hablado en el cine americano de las hemorroides que puede provocar el parto? Algo tan natural y que en la ficción globalizada se ha silenciado o apartado a las comedias más tontas y obscenas para deleitar a un público bastante analfabeto en cuanto a cultura audiovisual se refiere. Pero esa naturaleza no sólo reside en lo que se cuenta, sino en cómo se cuenta. La producción de Movistar+ es un canto a la naturalidad del lenguaje, a la sencillez y a los problemas reales de la sociedad. Un salto en calidad que marca un camino y educa a un espectador mucho más exigente para ficciones futuras. Reconocimiento que no solo le hago yo, sino que le adjudica el Festival de Series de Cannes en su edición de 2019. Más que recomendable la primera serie española en recibir este galardón. Incluso el título resulta una juguetona ironía para indicar que se acabó el “y fueron felices y comieron perdices”.

Una serie abrazada a la polémica

Leticia Dolera lo tiene todo para estar en el ojo del huracán mediático: catalana, feminista y activa en redes. Muchos estaban esperando un patinazo para cargar contra la actriz, directora y guionista. El patinazo, como si en una escena de su propia escena sucediese, llegó. La directora prescindió de una de sus actrices por quedarse embarazada, algo que desde la derecha mediática se intentó utilizar para desprestigiarla por una supuesta hipocresía y doble moral. Efectivamente, este hecho hubiera sido discriminatorio y abiertamente machista de no ser por un motivo: Mantener a esta actriz habría hecho necesario cambiar todo el proyecto de la serie o que Dolera se quedase fuera del reparto… o haberse quedado con un papel más secundario. Las interpretaciones quedan ya a cuenta de cada uno.

No lo comparto (spoiler)

Al tratar temas tan corrientes y complicados, la ficción puede toparse de bruces contra la moralidad del espectador. Sin embargo, es una serie con un tono tan inocente que hasta el público más pudoroso podría disfrutarla y reírse con los momentos recogidos en cada escena. Sin embargo, personalmente tengo dos temas muy concretos en los que he discrepado con la ficción. El primero es en el blanqueamiento que la serie realiza sobre la infidelidad. La serie muestra una cara completamente elegante y casi inocente de esta práctica sexual y la justifica de lleno, en vez de abogar por un trabajo de entendimiento entre los miembros de la pareja.

El segundo aspecto con el que disiento (ahí va spoiler) es en el que se da la opción de abortar a un bebé con discapacidad. Un momento en el que incluso uno de los progenitores con discapacidad parece aceptar que no se tenga al bebé si este es portador. El hecho puede resultar entendible por el temor de los padres, por no querer condenar a una persona a una vida de sufrimiento. Sin embargo, parece que este hecho anima al público a empatizar con quien toma esta decisión, cuando las personas con discapacidad son tan valiosas como cualquier otra. Quizá el haber trabajado con personas con discapacidad condiciona en mí este posicionamiento.

Que siga el espectáculo

Es muy probable que Vida Perfecta no tenga una segunda temporada. El resultado ha sido tan perfecto que es muy probable que la directora no quiera alargar la historia solo por cumplir con un encargo comercial. De todas formas, Dolera se ha consagrado como una directora a tener muy en cuenta por el panorama audiovisual español y seguro que no tarda en encontrar otra historia a la que sacar punta. Falta hacía un soplo de aire fresco como el que nos ha propuesto esta aun joven creadora. Seguro que en su próxima obra volvemos a toparnos con un planteamiento adulto, excitante y complejo para pasar un rato que nos haga olvidar las imperfecciones de la vida.

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