The Boys

Tras el destrozo de Preacher resulta inevitable acercarse a The Boys con el recelo de una gacela. Nueva adaptación televisiva de una de las creaciones seminales de Garth Ennis y nuevamente a cargo de Evan Goldberg y Seth Rogen, a los que se suma Eric Kripke (Supernatural) como tercera pata del taburete. Si a esta cautela inicial añadimos que The Boys es un cómic aún más corrosivo que Preacher y que Amazon no termina de despegar como productora audiovisual, a pesar de algún éxito como la deliciosa Good Omens, las esperanzas de ver trasladada la obra original a la pantalla de forma más o menos digna cotizaban más bajo que el valor de Nueva Rumasa.

Pero a veces los milagros ocurren y esta primera temporada de The Boys que acaba de llegar a esa plataforma de vídeo que te viene con la suscripción de Amazon no solo ha resultado una dignísima adaptación que ha sabido entender a la perfección el espíritu del cómic, sino que también se permite el lujo de expandir algunos conceptos en los que el propio Ennis no pudo o no quiso profundizar demasiado.

Planteada como una versión hiperviolenta y salvaje de Watchmen, The Boys es esencialmente una deconstrucción del mito de los superhéroes, a los que pinta como unos degenerados cegados por la fama y el poder. Resulta un momento muy oportuno para el estreno, en medio de un panorama mediático dominado por la apisonadora de Disney y su voraz estrategia de estrenos que garantiza al menos una película de Marvel en cartelera, en cualquier momento del año, en cada maldito cine del mundo.

Es ahí donde entra en escena el grupo protagonista, unos tipos con muchas razones para odiar a los supertipos y dispuestos a aplicar los métodos más expeditivos imaginables para ponerlos fuera de servicio. Resultaba impensable que las truculentas escenas de las viñetas fueran a dar el salto a la televisión y, aunque The Boys es una serie muy violenta, las cotas de destrozos orgánicos se han visto notablemente rebajadas hasta unos niveles tolerables para el gran público. A cambio, la versión televisiva ofrece una mayor carga crítica. El feroz discurso en contra las megacorporaciones (los tejemanejes de Vought son, de forma bastante explícita, una caricatura velada del imperio Disney) se presenta aquí de forma mucho más explícita y contundente, con algunos dardos reservados para la escena política norteamericana y para el sistema capitalista en general.

The Boys

También los personajes muestran una mayor complejidad en su versión en carne y hueso. Esto se aplica a los protagonistas, pero sobre todo a los Siete (un nada disimulado trasunto de La Liga de la Justicia), que ya no son simplemente unos hijos de puta corrompidos por el poder sin límite, sino unos héroes-villanos que despiertan cierta lástima. La serie introduce ciertos matices redentores que les aportan tridimensionalidad, sin llegar a convertirlos en víctimas. Siguen siendo unos miserables pero, a diferencia del cómic original, realiza un esfuerzo muy importante para que el espectador entienda por qué han llegado a convertirse en lo que son.

Aunque la trama acaba desligándose notablemente de la obra de Garth Ennis y esta primera temporada finaliza dejando muy clara su intención apartarse aún más en el futuro para narrar una historia propia, hay suficiente de la esencia de The Boys para que ningún fan tenga demasiados motivos de queja. Es condenadamente divertida y adictiva como comer pipas, pero también una brillante sátira que ha sabido encontrar el tono ideal, a medio camino entre la reflexión inteligente y la macarrada políticamente incorrecta. Una de las sorpresas más agradables del año.

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