Un atentado vuelve a sacudir Euskadi años después del fin de la violencia etarra. Esta vez todo apunta a una acción perpetrada por un lobo solitario radicalizado en el islamismo más integrista. Omar, un chico marroquí es el principal sospechoso, su novia, Edurne, cree plenamente en su inocencia. Punto de arranque para un thriller policiaco trepidante que, por desgracia, acaba cogiendo tintes de culebrón conforme avanza la trama. Esto no resta para que nos encontremos ante una de las producciones españolas más interesantes del año que ya está siendo reconocida por la crítica con el premio Iris de la Academia de la Televisión y que ha sido nominada para los Prix europeos. Sin duda, una de las series obligadas de la temporada.

Bandera de televisión pública de calidad

Si en mi anterior entrada hablaba de Merlí (TV3) como ejemplo de ficción responsable de la que deben ser garantes las televisiones públicas estatales, autonómicas o locales, La víctima número 8 nos devuelve a esa senda a seguir esta vez de la mano de Telemadrid y la Euskal Telebista (ETB). Estas televisiones nos ponen de frente a nuestros prejuicios sobre la cultura musulmana y el islam. La inmigración cambia el dibujo de nuestra sociedad como la aparición de nuevas tribus urbanas, nuevas formas de ocio, el reconocimiento de la existencia de una amplia diversidad sexual y de género, etc. Esto supone una invitación a acoger al nuevo integrante de la sociedad, aprovechar lo bueno que nos puede aportar, ver qué le podemos aportar nosotros en un intercambio productivo y ser críticos para rechazar lo que veamos perjudicial… como con cualquier nueva persona que conocemos.

En el caso de esta ficción, lo principal es la constatación del hecho de que somos una sociedad plural con la inclusión de personajes de otra cultura relevantes para las tramas, algo que también hemos podido ver en Élite. El segundo acierto es constatar que, como en cualquier faceta de la vida, esta diversidad contiene aspectos positivos y negativos. No me parece un tema baladí que la trama incluya a menores de familias musulmanas. Estos niños, españoles a todos los efectos en cada vez más casos, tendrán que soportar los prejuicios de una sociedad racista (aunque toda la humanidad pertenezcamos a la misma raza) y xenófoba. Ellos son víctimas que no se contabilizan.

Paradoja Netflix

Pocos pueden estar en disposición de negar que La víctima número 8 sea una de las producciones del momento en España. Sin embargo, la diferencia entre una cadena y otra, o como a mí me gusta denominarlo, la “audiencia estructural”, ha hecho que el mismo producto, en la misma franja de emisión tenga resultados dispares triunfando en ETB y pinchando en Telemadrid. Ahora, siendo una producción española, el resto del país la consume a través de Netflix, una plataforma estadounidense. Un hecho que puede darle alas para su internacionalización, pero que vuelve a aprovecharse del talento nacional para obtener su parte del pastel. Una paradoja que evidencia el cambio en la forma de consumir contenido cultural por parte de la sociedad y que ha sido casi monopolizada por Netflix y HBO. No hablemos de qué trozo de ese pastel va directamente a empresas estadounidenses, ¿un 98% tirando por lo bajo?

Plataforma de talentos

Siendo positivos, estas plataformas están dando alas a la ficción ibérica, haciendo que nombres como TV3, Telemadrid o ETB resuenen en todo el mundo y descubriendo nuevas caras. Las interpretaciones en La víctima número 8 son generalmente aceptables, despuntando Farah Hamed, como Adila Salama, madre de Omar (Un premio Feroz para ella ¡¡ya!!). Otra que también impone con su actuación es la dura inspectora Olaegui, encarnada por una dura Verónika Moral. Y por cierto, César Mateo está muy bien como Omar Jamal, pero quizá hubiera sido un acierto darle el papel a un joven magrebí. No suelo polemizar con qué intérprete debe desempeñar qué papel. Este debate se ha agudizado con las polémicas sobre si los personajes gais y trans deberían ser interpretados por personas pertenecientes al colectivo. Creo que es un acierto con los trans y que ya no es tan necesario con los gais o lesbianas en España, cosa que cambia en otros países. Una técnica destinada a dar visibilidad real a colectivos diversos, minoritarios y, generalmente, con muchas conquistas sociales y legales pendientes. En el caso de La víctima número 8 se ha apostado por personas musulmanas para personajes relevantes, pero secundarios, con el personaje principal quizá se ha perdido una oportunidad de que la ficción española gane en diversidad y sea ejemplo para la sociedad.

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