La maldición de Hill HousePocos años antes de su muerte, la escritora Shirley Jackson sentó las bases de la literatura de terror moderna y del subgénero de casas encantadas con La maldición de Hill House. Se trata de una novela tremendamente influyente que ha sido llevada al cine en dos ocasiones con desiguales resultados e incluso ha marcado a escritores de la talla de Stephen King y Richard Matheson, quienes se inspiraron más que un poco en ella para escribir El Resplandor y La casa infernal. Su última encarnación es una serie de Netflix que, a pesar del título, tiene muy poco que ver con la novela original.

Y eso está bien. Esta adaptación (muy) libre dirigida por Mike Flanagan, cuya desigual carrera no para de ganar interés conforme se aleja de los tópicos del terror industrial de Blumhouse Productions, en favor de una visión más “de autor” del género -véase la evocadora Somnia (Before I Wake, 2016), por ejemplo-. La maldición de Hill House es la culminación de ese viraje, una producción que se vende como una serie de terror pero resulta ser un drama familiar más amargo que un unmatch traicionero en Tinder.

A lo largo de diez capítulos de una hora, la serie cuenta cómo una tragedia obliga a reunirse a los miembros restantes de una familia rota. La trama avanza en dos direcciones, por un lado narra una serie de eventos en tiempo presente y por otro echa la vista atrás para contar cómo fue su estancia, durante su niñez, en la que acabaría siendo conocida como la casa encantada más famosa de Estados Unidos. Estas dos líneas temporales se presentan de forma paralela, con un montaje que resulta ser bastante hábil e inteligente una vez superada la confusión inicial. Se trata de un planteamiento arriesgado porque supone perder a los espectadores menos espabilados y, sobre todo, a aquellos que ponen la tele de fondo mientras trastean con el móvil (esos que se jodan, que hubieran estado atentos), pero es la manera más elegante de mostrar cómo los traumas del pasado han acabado convirtiendo a los personajes en seres tristes y disfuncionales. Y es que la historia no va tanto sobre los fantasmas que supuestamente habitan en la casa sino sobre las secuelas psicológicas que arrastran los que una vez moraron en ella.

La maldición de Hill House es una de esas producciones que se benefician de un segundo visionado, una vez encajadas todas las piezas del puzzle narrativo, para revisar algunos acontecimientos desde un segundo punto de vista que los dote de pleno sentido. No es que tenga un guion tramposo ni haya un giro final a lo Shyamalan que lo ponga todo patas arriba, el bueno de Flanagan juega limpio, pero sí se guarda algunas cartas en la manga que no muestra hasta los últimos capítulos.

La maldición de Hill House

“Una morada sin bondad”

Como decía, la novela de Shirley Jackson ha sido muy influyente y no hace falta haberla leído para que resulten familiares algunos de los conceptos que hereda esta nueva versión de Hill House. Como en El Resplandor o la primera película sobre Amityville, la casa encantada no es un parque de atracciones de apariciones de ultratumba (aunque algo de eso hay, claro que sí) sino una fuerza sobrenatural que amplifica los estados de ánimo de sus habitantes hasta conducirlos hacia el infortunio y la locura, quizá para alimentarse de su desdicha. Como ya adelantó Mariano Rajoy, la cosa (la casa) va de que “somos sentimientos y tenemos seres humanos“.

Resulta llamativo este enfoque. Hace tanto hincapié en su faceta melodramática que por momentos uno se olvida de que está viendo una historia de terror. En alguna ocasión el director, que es todo un zorro, se aprovecha de ello y te cuela un susto justo cuando te encuentras con la guardia más baja. Y claro, el grito lo oyen hasta en Moscú. Pero eso no ocurre a menudo. Durante la mayor parte del metraje el principal objetivo no es ponerte los pelos de punta sino un nudo en el estómago, usando las fatalidades de la familia Crain para atizarte bofetada tras bofetada. Y lo consigue, vaya si lo consigue, gracias a un guion muy efectivo que se encuentra espléndidamente interpretado por unos actorazos como la copa de un pino.

La maldición de Hill House

La maldición de Hill House consigue que los personajes te importen, pero eso implica que también sufres con ellos. Y los personajes de Hill House sufren, sufren mucho, así que conviene tener claro que no es una serie que convenga ver en un momento de bajona. Si tu situación personal te permite pagar el peaje emocional que exige la propuesta, ¡felicidades! Ponte cómodo y prepárate para disfrutar de una de las series más brillantes de los últimos años. Diez horas estimulantes, a veces conmovedoras y otras sobrecogedoras, que te calarán hondo a muchos niveles. Pero si no es el caso y decides pasar por alto la advertencia, por lo menos procura verla a la luz del día. Mientras duermen los fantasmas que todos llevamos sobre nuestras espaldas.

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