Mientras el mundo flipaba con Stranger Things, yo me quedé más bien frío. Ahora resulta que recuperar la estética ochentera y hacer una nueva generación de series y películas con el estilo de cuadrilla infantil de los Goonies es la fórmula del éxito… Pues yo me bajo.

Stranger Things copió descaradamente el estilo de Spielberg y lo llevó a la ciencia ficción. Desafortunadamente, Spielberg ya había aportado lo que Stranger Things pretendía con Super 8. El único mérito que se le podría atribuir a Stranger Things es adaptar al ritmo de una serie un drama de ciencia ficción con pequeños protagonistas. Las actuaciones de los pequeños y el potente regreso de Winona Rider son otros de los atractivos de la serie.

La gran atracción mundial por esta serie hizo que su estilo, aunque no fuese nada nuevo, se copiara en otras producciones. Mucho peor fue el caso del remake de It. Una nueva versión del éxito de Stephen King en los años 90 que ha resultado completamente innecesaria. Un sacacuartos que vuelve a recuperar de forma artificial una estética vintage con la única justificación de que esta vez le van a meter más y mejores efectos especiales al payaso.

Conscientes de su crisis creativa y del excesivo sustento de los efectos especiales, en Hollywood ya sólo se les ocurre rehacer todo lo que una vez les salió bien. Atención a la avalancha de remakes en acción real que nos prepara Disney tras el taquillazo de la nueva La Bella y la Bestia. Entre ellos se encuentran Dumbo, aunque esperemos que dejarlo en manos de Tim Burton merezca la pena, y El Rey León.

Tanto It como Stranger Things no sólo evidencian que a Hollywood se le han agotado las ideas. Tras su visionado, buena parte del público queda deseoso de que le pongan enfrente algo nuevo. Una oportunidad para las ficciones del resto del globo, que alejadas de los vicios norteamericanos ofrecen ideas nuevas al panorama.

Una nueva globalización (esta más real)

Pero los pioneros de la industria del entretenimiento mundial, con permiso de Bollywood y las telenovelas turcas, aún se guardan un as en la manga. Incluso de su debilidad creativa han sabido sacar una fortaleza. Es así como Netflix apuesta cada vez más por expandirse por todo el mundo, invirtiendo en las producciones de cada país (películas, series y documentales) y así seguir hinchando el catálogo de producciones que te ofrece el mercado estadounidense.

De esta forma encontramos productos no americanos triunfando de manera global en una plataforma de distribución estadounidense. Es el ejemplo de Dark (Alemania), Élite (España), 3% (Brasil), La Casa de las Flores (México) y así con un largo etcétera en el que esperemos que se cuele la “tercera” temporada de La Casa de Papel, serie que empezó en Atresmedia y cuyos derechos ha adquirido Netflix para realizar temporadas innecesarias. Una forma de que exista una globalización más real, ya que cualquiera puede acceder a los productos de cualquier país. Sin embargo, quien más gana con esta estrategia, vuelve a ser Netflix.

La baza alemana

Un acierto en estas apuestas europeas ha sido Dark. La industria cinematográfica europea se ha hecho de valer en varias ocasiones y han sido muchos los productos que el mercado estadounidense ha transformado adquiriendo los derechos o ha difundido adquiriendo sus derechos de distribución.

Un curioso ejemplo español de este hecho podemos encontrarlo en Vanilla Sky. Cuando Amenábar no era aún conocido internacionalmente, Tom Cruise se interesó por su película Abre los ojos, pero se intersó más aún por una de sus protagonistas, Penélope Cruz. Su estrategia para conquistar a la española fue a base de poner pasta. Compró los derechos de la película y encargó su propia versión. Mantendría a Cruz en su papel, Cruise pasaría a ser Eduardo Noriega y pondría a Cameron Díaz en el papel de Najwa Nimri. Un despropósito con el que consiguió salir un tiempo con la actriz, pero también hacer al mundo partícipe del talento que había en el cine español.

Volviendo a Dark, esta producción alemana consiguió quitarme el sinsabor que me dejó Stranger Things con una trama adulta. A pesar de poner a algunos niños en su eje principal, la carga de la historia está centrada en personajes adolescentes maduros y adultos. No tengo nada en contra de los niños, que conste, pero sí del manido recurso de convertirlos en los salvadores del universo en tramas en las que los adultos parecen no enterarse de nada.

Todo lo contrario que Dark. En esta serie se hace partícipe a todo el pueblo de la desaparición de un niño. Todos son sospechosos y poco a poco se van añadiendo personajes y tramas que hacen que descubrir el misterio que rodea a la desaparición de Mikkel sea algo indescifrable. Todo se complica cuando se empiezan a ver paralelismos entre este hecho y otro ocurrido hace 33 años… ¿Qué pasa en este pueblo? ¿Qué relación guardan los hechos con la centra nuclear? ¿Quién es quién?

Finalmente todo deriva en un drama interfamiliar de ciencia ficción… Parece raro pero el resultado es muy inteligente e interesante. Una historia que no se queda en un juego de niños y que hace lo más importante en ficción: aporta algo nuevo.

La dificultad de esta serie radica en que el espectador no se desencante antes de ir atando cabos… Algo que sólo ocurre en los últimos capítulos, de un total de 10. Sin embargo, esta no resulta tan exasperante como The OA. Infumable serie de ciencia ficción de Netflix incluso con menos episodios.

Otro de los aspectos a destacar de Dark es el descubrimiento (en el resto del mundo, porque en Alemania ya es famoso) del actor protagonista. Louis Hofmann (21 años) no es sólo una cara bonita, aunque durante la serie ha podido pecar en algunos momentos de frialdad, ha sabido cargar con todo el peso dramático en los momentos clave. Habrá que seguirle la pista, porque con su capacidad, su edad, y con Netflix respaldando, podría convertirse pronto en el nuevo Daniel Brühl o Michael Fassbender (aunque Fassbender sólo naciera en Alemania).

Sin desvelar mucho más sobre la trama, podemos decir que esta producción bebe algo de El Silencio de los Corderos, bastante de Regreso al Futuro y corrige los defectos de Stranger Things. Ojo, tener influencias no quiere decir que no se sea creativo.

La trama se resuelve con un potente final que deja algunos cabos aún sueltos. Ha sido una sorpresa descubrir que habrá segunda temporada, porque el final, abierto, supone que la producción será mucho más ambiciosa en su nueva etapa. Esperemos que no caigan en el “alargar por alargar”.

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