american vandalCuando un día aparecen todos los coches de los profesores de un instituto de California con enormes pollas pintadas con grafiti, no hicieron falta demasiadas pruebas para acusar y castigar a Dylan Maxwell, un zopenco conocido por sus gamberradas. A fin de cuentas, se trata de un chaval problemático conocido por su afición a gastar bromas pesadas, como tirarse pedos en la cara de niños en lugares públicos o acosar a su vecino, un viejo medio senil obsesionado con las conspiraciones. Pero, ¿y si no lo hizo?

Sobre esta idea arranca American Vandal, una de las sorpresas de Netflix del año pasado. La primera temporada de la serie narra, a modo de falso documental, la investigación de Peter y Sam, dos compañeros de instituto, para demostrar la inocencia de Dylan. El formato sirve para parodiar hasta cierto punto los documentales sobre crímenes, como Making a Murderer, aunque la trama retorcidísima pronto empieza recordar más bien a una novela de Agatha Christie. También la comicidad es bastante relativa, puesto que la serie se centra más en retratar a los personajes, sus relaciones y las dinámicas del centro, dejando las bromas sobre pollas en un segundo plano.

Aunque los ocho capítulos enredan la madeja un poco más de lo necesario y la resolución no resulta del todo satisfactoria, el acercamiento del género whodunit al público moderno resulta interesante e incluso refrescante. Lo mejor, no obstante, es el estudio de personajes y una reflexión subyacente sobre los prejuicios y los problemas habituales de los adolescentes de clase media.

El zurullo vengador

Tras el inesperado éxito de una primera temporada que no parecía admitir continuación, el pasado septiembre llegó otra tanda de ocho episodios que convierten a Peter y Sam en una especie de investigadores de actos vandálicos. Algo así como los Warren de las gamberradas.

La segunda temporada de American Vandal rompe la cuarta pared y propone que, debido al éxito viral del documental sobre Dylan y las pintadas de pollas, Netflix ha llegado a un acuerdo con sus creadores para financiarles el rodaje de un nuevo “caso”. Tras recibir numerosas propuestas, los chavales se sienten interesados por la evacuación masiva por diarrea en un instituto católico. Un personaje virtual autodenominado el Zurullo Vengador se ha atribuido ese y otros atentados relacionados con las heces, aunque a su llegada Peter y Sam se encuentran nuevamente con que un estudiante que podría ser inocente ya ha sido castigado. ¿Es culpable o solo es un chivo expiatorio?

Con una producción más profesional y una trama más elaborada, esta continuación pierde algo de la frescura de la primera temporada, aunque a cambio parte con las ideas más claras. Hay un mayor peso en la trama detectivesca, esta vez algo más redonda, a costa de que los personajes resulten más superficiales y no tan creíbles. Todo en esta segunda temporada gira en torno a la identidad del Zurullo Vengador y se echa en falta algo más de drama personal para humanizar la historia, algo que le daba una mayor fuerza a la primera entrega. Tampoco le hace demasiado bien que el humor se haya rebajado aún más.

La serie intenta ir un poco más allá y realizar un discurso sobre la vulnerabilidad de los jóvenes ante el ciberacoso, su necesidad de encajar y su dependencia de las redes sociales. Lástima que los guionistas desaprovechen la ocasión, después de construir una crítica muy certera de la sociedad digital, introduciendo a última hora una moralina conciliadora bastante fuera de tono. Es como si después de dejar al descubierto los peligros del ciberacoso se hubieran acordado de que Netflix les da de comer y, eh, resulta que Netflix funciona por internet.

Aunque se echa en falta una mayor mordacidad y una sátira más afilada, la fórmula de American Vandal funciona como narración de investigaciones genuinamente interesantes y también como estudio de la generación millennial, planteando por el camino algunas cuestiones éticas que invitan al espectador a reflexionar. Tengo mis dudas sobre su capacidad para prolongarse como serie recurrente de temporadas anuales y tampoco tengo muy claro si prefiero la espontaneidad de su debut o la minuciosidad de su secuela, pero en ambos casos se trata de una serie muy disfrutable que se codea sin problemas entre lo mejor del catálogo de producción propia de Netflix.

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