Steve West es el único superviviente de una tripulación espacial accidentada tras contemplar el sol a través de los anillos de Saturno. Ya en la Tierra, el astronauta descubre que su cuerpo se le está deshaciendo y escapa horrorizado del hospital donde lo tenían en observación. La única manera de ralentizar el proceso de descomposición es consumir células humanas vivas, aunque paradójicamente se va haciendo más fuerte conforme se derrite. Un médico y un militar deberán atraparlo e investigarlo antes de que la siguiente lanzadera sea lanzada al espacio.

Huyendo del tópico del “pobre monstruo”, tan recurrido desde Frankenstein, nos encontramos ante una monster movie de estilo clásico y sin demasiadas complicaciones: bicho puñetero llega a la ciudad y es perseguido por los chicos buenos, que deben poner fin a sus fechorías. Tarea nada difícil si tenemos en cuenta que Steve va dejando a su paso, cual caracol, todo un rastro de porquería orgánica. Si bien la película no es un prodigio de originalidad, es dignificada por una buena dosis de mala leche (algunas muertes son delirantes). Y, qué demonios, resulta gratificante encontrarse de vez en cuando con algún monstruo que no inspire lástima ni se enamore de nadie ni se vuelva bueno, simplemente un bastardo de cuidado que resulta más asqueroso que otra cosa.

Como puede suponerse de un personaje que va sembrando trozos suyos por donde anda, sangre y gore no falta, pero esta vez los efectos especiales son muy buenos. Corren a cargo de Rick Baker, autor de los mismos en Videodrome, Star Wars: Episodio IV, Un hombre lobo americano en Londres y otras referencias de similar calibre. Vamos, palabras mayores. Es especialmente memorable la poética caída a cámara lenta de una cabeza, arrastrada por la corriente de una cascada hasta reventar contra las rocas. Precioso. No se queda atrás el apoteósico final del monstruo, una gozosa guarrería de carne y coágulos que probablemente le sirvió de inspiración a David Cronenberg en La mosca.

“Ahí va, ¡pero si lo tiene todo!”, pensará más de uno. Bueno, en realidad tampoco es para tanto. La sensación que deja la película es de que se queda a medio gas. No dudo en echarle la culpa a la parte donde el viscoso engendro abandona la caza y se deja llevar por un juego de acoso, bien resuelto pero de poco interés, en la casa del médico.

Por lo demás, Viscosidad es suficientemente pintoresca y entretenida como para ser vista con gusto hoy en día. Y ya saben, hagan caso a sus madres y no miren directamente al sol.

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