Cristina acude a un pequeño pueblo inglés para asistir a la lectura del testamento de su padre, recientemente fallecido. Unos familiares desconocidos la reciben en el caserón familiar, un lugar aislado que todo el mundo parece temer. La muchacha no tardará en tener toda clase de macabras visiones, hasta el punto de no ser capaz de distinguir lo que es real y lo que no.

Tras una serie de títulos bastante sugerentes, a cual más engañoso, y unos carteles aún más engañadores, se esconde un terror psicológico de corte erótico-sobrenatural bastante interesante. Una pena, porque el concepto de vírgenes devoradas por muertos vivientes también tiene su gracia. Pero no, zombies estrictamente hablando no hay ninguno, por mucho que la película llegara a comercializarse incluso bajo el título de Zombi 4 (ah, vil y mentiroso reclamo). Tampoco Cristina es la princesa del erotismo, como afirma el título francés, es más bien modosita. Cómo le gusta a las distribuidoras liar a la gente.

La extensísima filmografía de Jesús Franco se puede dividir fácilmente en dos categorías: las soportables y las inaguantables. La que nos ocupa es, sin duda, una de las más logradas (de las que he visto, claro, cualquiera se traga los más de 100 títulos que ha fabricado este carismático pero chapucero director). Están presentes, como no, sus temas habituales: su fijación por el lesbianismo, su gusto por mezclar lo onírico con lo real, sus personajes decadentes, la experimentación plástica mareante… Sin embargo, aquí están plasmados mucho mejor que en otros intentos. No son tan insistentes sus característicos zooms locos, lo que sus seguidores más acérrimos han venido a bautizar como “cinéma-jazz” (risas). Mejor aún, en esta ocasión el director supo combinar mundo real e irrealidad sin caer en la más desconcertante paranoia, una empresa que ha acometido no pocas veces (casi siempre con resultados discutibles).

Por supuesto están presentes esos pequeños detalles que han convertido a Franco en el indiscutible rey de la caspa. El ejemplo más evidente es que intente hacernos creer que la acción se desarrolla en un pueblecito inglés, cuando en la secuencia inicial se ve claramente un cartel que indica “Lo Pagan”. Que sí, la costa murciana es muy bonita, pero Inglaterra creo que está un poco más arriba. Para echarse las manos a la cabeza es la aparición de “El Gran Falo” en una de las escenas estrella. Otra caspada buena es la actuación que realiza el propio Franco, encarnando a un siniestro y mudo tarado llamado Basilio, de lo mejor. No será la única vez que encane a un personaje de ese tipo (y no pretendo decir nada). El resto del reparto está bastante bien; los personajes resultan misteriosos y pintorescos, sin caer en la caricatura, excepto la propia Cristina, que exagera demasiado su ingenuidad. Mucho más lamentables son las breves apariciones del padre de la criatura, que tira por la borda todo el dramatismo que pudiera tener el personaje (las malísimas frases que le han metido en el guión tampoco ayudan demasiado).

Virgen entre los muertos vivientes es sugerente, atmosférica y elegante, cosa rara en Jesús Franco. Buena parte del mérito corre a cargo de una cuidada gama cromática, sin duda uno de los mejores trabajos de su filmografía. Siempre sin ser ninguna maravilla, claro, pero es que en comparación con otros descalabros suyos la película se engrandece.

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