El señor Johnson es un emisario del planeta Davanna, enviado para evaluar la calidad de la sangre terrícola, la última esperanza de salvar a sus enfermos congéneres. El alienígena contará con su mirada asesina y sus poderes mentales para someter a cuantas cobayas haga falta, pero una enfermera a su cargo y el “mayordomo” se huelen el pastel y serán los únicos capaces de detener la invasión.

Tras una breve introducción (con el clásico asesinato a la igualmente clásica pareja fornicando en el coche) y el obligado “Roger Corman presenta”, un delirante montaje con imágenes a cual más disparatada nos dan la bienvenida. Zombies, alienígenas babosos, naves espaciales y astronautas pegando tiros se suceden desordenadamente al ritmo de un ruidoso rock and roll ochentero. El comienzo no podría ser más prometedor, si no fuera porque ninguna de esas imágenes corresponden a la película que nos ocupa: al parecer es sólo un “best of” de la época más bellaca de Roger Corman, metido con calzador y sin venir demasiado a cuento. Si uno tiene a bien disculpar el sucio reclamo, la verdad es que el montaje mola bastante.

Según Jim Wynorski, director especialista en series Z, y en terceras y cuartas partes, toda buena película tiene que tener una gran persecución, un gran pecho y un gran guión, de las cuales la presente sólo tiene el segundo elemento. Y es que, en su momento, el principal reclamo comercial de la película fue la primera aparición en el cine “normal” de la ex actriz porno Traci Lords. Por supuesto, alguna teta se le escapó, al parecer por imposición del propio Corman. Sobre las aptitudes interpretativas de la muchacha, en fin, cosas peores se han visto en actrices “serias”… También hay un intento de persecución al final, pero tan torpona que resulta tan trepidante como ir a por gominolas, así que buena, lo que se dice buena, pues no es. Ciertamente, Vampiros del espacio es una producción costrosa, disparatada y más bien tirando a mala, pero con cierto encanto si uno se la toma a guasa. Además, es tan baratilla y ratera que resulta entrañable, testimonio de otros tiempos en los que bastaba con un par de gafas de sol, un tubo de neón y una polémica ex actriz porno para rodar una película de ciencia ficción de éxito.

En general todos los personajes tienen su momento cachondo, esos que evitan que apagues la tele y emerjas al mundo exterior. Hay que destacar por méritos propios al superior del Señor Johnson, un panzón con una peluca rubia embutido en un traje apretadísimo. Tampoco le anda a la zaga el mayordomo, un tipo cuyos pechos son casi mayores que los de la propia enfermera, que intenta convertirse (con escasa fortuna) en el graciosete de turno.

El colofón final lo pone un carcajeante “The End?” que hace dudar si todo esto no habrá sido un guión descartado de Los Simpson.

A modo de curiosidad, la aberrante producción nació a raíz de una apuesta entre Roger Corman y el director, que afirmaba que podría hacer un remake de la Vampiros del espacio del primero en menos tiempo que él (10 días). Ni falta hace decir que ganó la apuesta.

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