Upgrade

Buenos días, querido lector. Te propongo un pequeño ejercicio de imaginación. Ponte cómodo. Relájate. Visualiza esto: estamos en enero del año 1985. Internet no existe. No hay teléfonos móviles. En la Unión Soviética, tan solo hace unos meses que un tipo inventó el Tetris. En Occidente lo peta Kung-Fu Master. No existe la televisión privada, Michael Jackson mola, el heavy metal no ha muerto y el cine sigue teniendo la corona del escapismo. En ese sentido todo es maravilloso: han estrenado Gremlins, Los Cazafantasmas y Spielberg nos traumatizó con “esa escena” de Indiana Jones y el templo maldito. Es un gran momento para ser joven y todo parece estar bien en este enero de 1985. Tan solo hay un problema. El debut de un tal James Cameron, una pequeña película titulada Terminator, no se estrenó en España. Sin explicaciones. Sin motivos. Simplemente ningún cine la proyectó y su existencia pasó desapercibida para la gran mayoría del público.

Volvamos al 2019 actual. Tranquilos, pudimos ver Terminator. La mala noticia es que no hemos podido ver Upgrade. A pesar de haber cosechado una respuesta entusiasta en varios festivales, la película de Leigh Whannell se quedó sin distribución en nuestro país. No solo no ha podido verse en salas comerciales, tampoco se ha puesto a la venta en formato doméstico, a pesar de que en países como Finlandia se vende en Blu-Ray con doblaje y subtítulos en castellano, y tan solo recientemente se ha podido acceder a ella de forma legal a través del servicio de alquiler de Movistar+. Estamos ante uno de esos sucesos inexplicables, como las primeras entregas de John Wick y The Raid, que retratan dolorosamente la realidad de la industria cinematográfica actual, un conglomerado complaciente, dominado por Disney, que recela de cualquier propuesta mínimamente arriesgada.

Y el caso es que Upgrade ni siquiera es una película incómoda o demasiado experimental. Se trata de una cinta de acción con un robusto trasfondo de ciencia ficción, muy deudora tanto en fondo como en forma de la citada Terminator. Cierto es que las peleas son bastante brutales y no escatima en ultraviolencia, pero tampoco enseña cosas que no viéramos en su día en Robocop con 15 años sin ningún problema. No sé qué ha pasado, quizá simplemente se ha solapado con la similar pero muy inferior Venom, pero en 2019 hay suficientes medios para que una película como Upgrade no deba ser relegada al ostracismo de forma inevitable. Upgrade existe y, querido lector, debes verla.

Deus Ex Machina

En un futuro más o menos cercano, un tipo se dedica a vivir una vida corriente con su esposa. Le gusta trabajar con las manos, escuchar música en discos de vinilo y arreglar coches clásicos de combustión. Tras sufrir un accidente de tráfico en una zona de suburbios, unos pandilleros asesinan a su mujer y lo dejan tetrapléjico de un tiro en la columna.

Cuando ya se había resignado a hacer un Ramón Sampedro, el hombre acepta recibir un implante experimental que le devuelve la capacidad de andar y también algo más. Por supuesto, lo siguiente que hace es lo que haría cualquiera de nosotros: salir a la calle a buscar a esos hijos de perra.

Upgrade

Aunque el referente de Terminator se convertirá en una sombra demasiado alargada para algunos, se agradece la honestidad con la que se presenta la película. Esconde suficientes ases en la manga para resultar más inteligente de lo que parece, pero tampoco los necesita porque funciona perfectamente como una hora y media de entretenimiento bien engrasado y desacomplejado.

Sin forzar ejercicios de nostalgia, Leigh Whannell consigue devolvernos la acción muscular con pinceladas fantásticas que tanto lo petó en los 80 y que tanto se echa de menos en los últimos años. Y, aunque el protagonista (Logan Marshall-Green) no consigue una presencia ni la mitad de intimidante de un Arnold Schwarzenegger, se demuestra como una efectivísima alternativa de saldo a Tom Hardy que podría tener algunas cosas que decir en el futuro.

Que nadie busque ninguna revolución en Upgrade. Este trepidante chute de adrenalina no ambiciona deconstruir el cine de acción ni darle un giro de tuerca a nada. Lo que se propone, algo que logra con creces, es recordarnos que una vez hubo artesanos como John McTiernan capaces de ofrecer diversión sin fisuras sin caer en la estupidez. Algo anda muy mal en Hollywood si un australiano puede hacer una película tan tremenda con apenas cinco millones y luego nadie se la compra.

Upgrade

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