Un lugar tranquiloVarios años después de una crisis mundial que no termina de explicarse, el mundo se ha convertido en una ruina postapocalíptica donde tirarse un pedo se ha convertido en la principal causa de muerte entre los escasos supervivientes. Y es que el planeta parece haber sido invadido por unos mortíferos seres con oído superdesarrollado capaces de reventar en cuestión de segundos a cualquiera al que se le escape un estornudo.

No es el mejor panorama para criar a un par de chavales y otro en camino, pero una familia bastante espabilada consigue sobrevivir a base de mañas como mantener unos senderos de arena que les permiten moverse con mayor sigilo por los alrededores de su casa, insonorizar las paredes con papel de periódico o comunicarse mediante lenguaje de signos. Esto último ya se lo tenían aprendido, ventajas de tener una hija sorda.

Sobre esta sencilla pero jugosa premisa John Krasinski dirige, protagoniza y coguioniza una de las películas de terror más notables del año. Un lugar tranquilo no inventa gran cosa. El cine de terror está lleno de escenas donde los protagonistas se ven obligados a mantenerse en silencio para no delatar su presencia ante una amenaza latente, sobre todo después de la master class de Alien: el octavo pasajero, renovada en los 90 por la escena de los velociraptores en la cocina de Parque Jurásico. Lo que sí hace, y muy bien, es llevarlo hasta el extremo construyendo la totalidad de la película alrededor de una serie de situaciones opresivas de esa escuela, tan interesantes como bien resueltas.

Un lugar tranquilo

Buena parte del mérito está en un muy efectivo uso del audio. Cada efecto de sonido está calculadísimo y las pocas palabras que los personjes pueden permitirse el lujo de pronunciar están cargadas de significado.

Krasinski huye de los sustos tontorrones y opta por mantener durante todo el metraje una tensión psicológica constante que mantiene al espectador pegado a la butaca. Algo de eso se pierde al final, cuando podemos ver con mayor detalle a las criaturas, unos saltamontes digitales que parecen sacados de Silent Hill, pero la puesta en escena es lo suficientemente poderosa como para mantener el impacto.

Un lugar tranquilo añade como guinda del pastel una metáfora subyacente sobre la paternidad y unos personajes que consiguen implicar emocionalmente al espectador y consigue, como resultado, convertirse en un firme candidato a clásico moderno del cine de terror.

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