Un barbudo de origen desconocido es perseguido por otro personaje igual de misterioso. En su huída intenta escalar la verja de una casa con tal mala suerte que se desgarra el vientre. El sujeto entra en el salón de la casa con las tripas colgando, para horror de la familia. Tras recuperarse milagrosamente en el hospital escapa (violentamente, como es de esperar). La policía encuentra a su perseguidor inicial, quien les pone al corriente de su identidad. Es un griego llamado Mikos Stenopolis, un asesino prácticamente inmortal al que hay que pararle los pies porque tiene muy malas pulgas.

¿Qué pasa cuando se produce una secuela que, además de amplificar los defectos de su predecesora, carece de sus virtudes? Efectivamente, que sale una mierda como un camión, con perdón. Antropophagus (titulada en España Gomia, terror en el mar Egeo) es una de esas películas que, aunque mediocres, tienen un algo que las termina convirtiendo, sin saber muy bien por qué, en películas de culto. Por desgracia, poco tiene que ver esta dudosa secuela con su predecesora, exceptuando el guiño inicial de los intestinos y al propio personaje de Mikos Stenopolis (muy cambiado, eso sí).
La acción se sitúa en las afueras de una ciudad indeterminada que nos quieren hacer pasar por norteamericana. El cambio de localización es muy desafortunado, ya que no consigue igualar la atmósfera de las decadentes catacumbas (reales) de Gomia. Primer error.

Aún más decepcionantes son los cambios que ha sufrido el personaje del griego de marras, sólo consiguen despojarle de su presencia amenazadora. Su aspecto es mucho más limpio, bien vestido, con barba perfilada y unas juveniles zapatillas Puma. Por cambiar el personaje ya ni es un caníbal enloquecido, sino un superhombre con poder de regeneración (sí, como Lobezno). Como es de suponer, el respeto que pudiera infundir el monstruo se va irremediablemente por el retrete. Aunque el título español de la película lo prometa no hay terror alguno, ni con límite ni sin límite, sólo aburrimiento y vergüenza ajena.

El guión, como es de esperar, es también paupérrimo, claro. Está desprovisto de toda gracia o emoción, con la salvedad de algunos pasajes de comedia ¿involuntaria?. Frases tan brillantes como “yo no soy un borracho, soy un barbudo” o el diálogo en el que se nos revela que no hay policías de servicio en toda la ciudad ¡porque todos están en un partido de fútbol! Por desgracia, estos dos elementos comentados son prácticamente lo único destacable de un guión más insípido que el humor de Pedro Reyes.

Los asesinatos son muchísimo más descafeinados que las inolvidables burradas del primer Antropophagus. Tiene sus momentos sádicos, pero son menos de los que harían falta para despertar un mínimo de interés (apenas hay cuatro o cinco muertes en todo el film) y con efectos muy pobretones, donde se nota el plástico a la legua.

Un título muy olvidable al que le supongo bastante poco éxito porque a D’Amato se le quitaron las ganas de volver a resucitar a Stenopolis para una tercera entrega.

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