Radú es un cruel vampiro que ha sido desterrado por negarse a convivir pacíficamente con los humanos, pero regresa para enfrentarse a su padre, el rey de los vampiros, y arrebatarle una piedra sagrada que emana la sangre de los santos. Su retorno coincide con la llegada a Transilvania de tres jóvenes estudiantes interesadas por las leyendas locales. El hermano bondadoso de Radú deberá pararle los pies y defender a las tres chicas.
Todos estamos hartos de esos vampiros blandengues que tan de moda se han puesto en los últimos años. Por ello, el visionado de “Subespecies” se hace particularmente agradable. Radú resulta ser un personaje icónico y satisfactoriamente malvado, cualidad ésta que se ha perdido en el progresivamente mariquita vampiro noventero. Radú no es rockero ni romántico ni tiene dos tetas en la cabeza, Radú es el chupasangre hijo de puta de dedos afilados que resulta tan difícil de encontrar en la filmografía vampírica de nuevo cuño (con Vampiros de John Carpenter, como gloriosa excepción).

El segundo acierto es la ambientación, revestida por una excelente banda sonora. La película está rodada en Rumanía, con la gloriosa arquitectura medieval y los frondosos parajes característicos de la patria de Drácula. Se aprovecha bien la exótica localización e incorpora elementos de folklore local (algo exagerados, eso sí), pinceladas que le dan bastante sabor al conjunto pero que no llegan a explotarse de manera plena. Se intenta regresar a las raíces del vampiro clásico de las leyendas populares centroeuropeas, y el resultado es vistoso pero sólo moderadamente original. Más insólitas son las subespecies a las que alude el título, unas criaturas diminutas que nacen de unos dedos que el propio Radú se amputa. Animadas toscamente por stop-motion su presencia chirría bastante, pero resultan demasiado simpáticas como para resultar molestas.


Menos original es el desarrollo de la historia, pobremente narrada por situaciones mil veces trilladas y llena de clichés del género. La película está bien y poco más, pero lo realmente gratificante es ver cómo, durante hora y media, el vampiro regresa al lugar de honor que le corresponde en el panteón de los monstruos. Sólo por eso bien vale la pena ver Subespecies.

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