Un patoso policía neoyorquino es poseído accidentalmente por el espíritu de Kabukiman, un poderoso espíritu místico de origen japonés. De este modo, recibe unos poderes que deben ser usados para luchar contra un mal que amenaza Nueva York. Si consigue aprender a controlarlos, claro. Con el clásico arquetipo del héroe por accidente intentaron los señores de Troma repetir el éxito de Toxie. Me imagino que su razonamiento debió ser copiar la fórmula que hizo triunfar al Vengador Tóxico: humor gamberro, ligeros (ligerísimos) toques de gore y la excusa del bajo presupuesto para justificar unos efectos especiales que poco tienen de especiales (y, de paso, presumir de indies), pero adaptado para todos los públicos. Además introdujeron el elemento japonés en el argumento para asegurarse el éxito en Japón, un jugoso mercado que había recibido a Toxie con los brazos abiertos. Como era de suponer, la flauta no sonó dos veces y, a pesar de tratarse de una película con momentos divertidos, fracasó comercialmente tanto en Occidente como en Oriente. Una pena, porque es de los pocos films producidos por Troma que pueden disfrutarse en estado sobrio. Kabukiman no tiene el carisma del Vengador, el humor es mucho más infantilón y el gore queda rebajado a efectillos en plan cartoon más vistos que el tebeo. A pesar de todo, tiene sus momentos graciosos y en casos aislados puede provocar incluso alguna tímida carcajada, dejando en todo caso una sensación final de aprobado justito. Posiblemente con un cuarto de hora menos de duración hubiera quedado menos cargante. Toda una oportunidad desaprovechada (el personaje se prestaba a algo mucho más interesante) que, sin embargo, es de lo menos malo que han dado las producciones propias de Troma.

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