El agente Neville Flynn (Samuel L. Jackson) escolta al testigo de un crimen cometido por un gangster desde Hawai hasta Los Ángeles. Al gangster en cuestión no le interesa que el testigo hable, así que llena el avión en el que los héroes viajan de serpientes venenosas y drogadas.

Pese a todo, puede ser que esta película pase a la Historia del Cine, no por su calidad, sino por protagonizar un extraño fenómeno social en el que la industria del cine, internet y los fans han cooperado de una forma espontánea e incluso orgánica. Lo que en principio no iba a ser más que una serie B tontorrona (lo que es, en todo caso) despertó la creatividad de miles de nerds que no podían reprimir el impulso de cachondearse ante el anuncio de una película de premisa estúpida y título perogrullesco. ¡Y encima protagonizada por Samuel L. Jackson, todo un actor de carácter poseedor de docenas de frases míticas para el friquerío internacional!

Ahora llega la película, que es lo de menos. No sé si el tono de sano cachondeo que domina el film ha sido añadido a raíz de este fenómeno (tengamos en cuenta que los sagaces productores de New Line han ido rediseñando la película y el marketing a base de visitar foros y mirar videos de Youtube como éste) o ya estaba pensado desde el principio, pero Serpientes en el avión es una chorrada de esas diseñadas para que una panda de adolescentes descontrolados o de talluditos borrachos hagan comentarios subnormales, suelten risotadas o berreen ante la anatomía de las múltiples señoritas de buen ver que pululan, sin razón aparente, en minifalda o en cueros por el dichoso avión del título. Quizá no resulta tan gamberra como otros films de bichos cabreados del tipo Gremlins o Arac Attack, y claramente es menos surrealista que la parodia aérea por excelencia, Aterriza como puedas, pero la simpleza de los personajes, lo excesivamente alargado de algunas subtramas y lo escueto de otras, la actitud hooligan de unas serpientes colocadas, los cutres efectos digitales, el gore gratuito y un buen puñado de frases lapidarias la convierten en una perfecta peli freak para aquellos cinéfagos curiosos que aún no se han adentrado en los cenagosos placeres que depara el disfrute del cine casposo.

Bueno, el público español además goza de una dosis extra de cochambre: Elsa Pataky en ese papel de mamá apurada y que demuestra un excelente arte para chupar (sí, Serpientes en el avión está llena de chistes escatológicos, la mayoría enunciados por dos raperos obesos), todo mientras promociona nuestro tesoro nacional, el aceite de oliva.

Se puede añadir, para el que le interese, que el director David R. Ellis (un “currito” de la acción de extensa carrera y habilidades superiores a la mayoría de los que se las dan de maestros posmodernos del género) aprovecha al máximo el limitado escenario, diseñando escenas en las que se mezcla perfectamente el suspense y el humor negro, y provocando más de un susto efectivo.

Algún tiquismiquis saldrá del cine preguntándose a qué viene tanta historia con el herpetólogo, o por qué no vuelve a salir Eddie Kim, el malo de la función, o protestando ante la dudosa efectividad del método de eliminación de los ofidios, pero es que hay que tener muy pocas luces para entrar a ver una película que se llama Serpientes en el avión y esperar, bueno, otra cosa que no sean serpientes en un avión. Este es el gran mérito del film: no engaña a nadie.

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