Sondra (Scarlett Johansson), una atolondrada periodista norteamericana acaba de llegar a Londres. Durante el espectáculo de magia del prestidigitador Sid Waterman (Woody Allen), Sondra recibirá la visita del espectro de otro periodista (Ian McShane) que le pondrá al corriente de la doble vida de un aristócrata inglés (Hugh Jackman), respetable de día y asesino de noche. Una noticia de primera página que la joven no estará dispuesta a dejar escapar aunque un inesperado romance se interponga en su camino.

Cualquiera que haya visto La Dalia Negra seguirá preguntándose desconcertado cómo la más rutilante estrella de Hollywood se las arregla para fumar en boquilla de la manera más aparatosa jamás vista en la larga historia del fumeteo cinematográfico. ¿Nos quieren vender a esta garrula cazallera como el ser glamouroso del momento? Tranquilos, hemos investigado el asunto con un rigor científico que nada tiene que envidiar a Cuarto Milenio. El éxito de Scarlett Johansson se puede resumir con dos refranes clásicos: “quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija” y “tiran más dos tetas que dos carretas”. Esta joven estrella lo bueno lo tiene a pares, empezando por sus preciosos ojos azules y acabando por el número de buenas películas que ha hecho, pero sabe apañárselas en el terreno del marketing. Carente de talento o elegancia, la Johansson (o su agente) tiene el cerebro suficiente como para protagonizar tres películas al año, generalmente hechas por directores de culto (incluyendo Michael Bay), logrando así la admiración genital del cinéfilo más exigente, ese que necesita de una justificación artística para admirar unas buenas mamas.

Tras la impecable Match Point, la rubia coloca de nuevo sus descontrolados mohines en un film de Woody Allen, y se percibe por su parte entusiasmo y empeño en resultar graciosa al lado del indiscutible maestro de la comedia. Por desgracia la vis cómica no es algo que uno elija tener, y la química con Allen es inexistente, no sólo por edad. Johansson funciona mejor en las escenas compartidas con el versátil Jackman, por aquello de la seducción mutua, terreno interpretativo en el que se mueve mejor.

Dejando de lado a la carnal y carnosa estrella, Scoop es una pequeña comedia que se ve con facilidad y se olvida con rapidez. Con un argumento y situaciones cómicas similares a Misterioso Asesinato en Manhattan, Allen se saca de la manga varios trucos cómicos del vodevil más clásico, donde “se criaron” tanto él como los Hermanos Marx. Siempre son resultonas esas situaciones en las que un vividor de los bajos fondos suelta ingeniosas vulgaridades a los aristócratas en reuniones sociales, y Woody controla ese tipo de humor mejor que nadie, aunque bien es cierto que algunas de sus habituales frases geniales están colocadas con calzador. De hecho, pese a resultar una efectiva comedia, Scoop da la impresión de haberse hecho deprisa y corriendo, resultando algo tosca en su concepción y desarrollo, más apresurada que fluída.

De todos modos, el film posee momentos tan brillantes como el estigio arranque, protagonizado por ese magnífico actor llamado Ian McShane, quien deslumbra semanalmente a los afortunados espectadores de la serie Deadwood. La presencia espectral de McShane en Scoopañade un simpático toque fantástico que no resultará novedoso a los fans más hardcore del judío (La Rosa púrpura del Cairo, Alice), pero quizá llame la atención a los recién iniciados, si es que los hay.

Sin ser nada del otro mundo (chiste involuntario), Scoop resultará uno de los films menos recordados de Woody Allen, ideal como relleno para ciclos, maratones y demás actividades monográficas.

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