Revenge

El debut a la dirección de la francesa Coralie Fargeat tuvo un fructífero recorrido por diversos festivales el año pasado, del que volvió con no demasiados premios pero sí con el reconocimiento de un público deseoso de auparla como “la siguiente gran cosa” de esta estimulante ola de filmes que mezclan lo mejor del cine de autor con el de género. Revenge no se esconde. Desde el propio título se confiesa una cinta más, solo que en esta ocasión espléndidamente rodada, de ese turbio ejercicio de sexploitation que son las películas de “violación y venganza”. Con bastante más venganza que violación, cabe remarcar. Y es que, a diferencia de discutibles clásicos como La violencia del sexo (I Spit on Your Grave, 1978), la producción no se regodea tanto en la humillación sexual de la protagonista (si acaso se puede acusar a Fargeat de tratar el tema con demasiada ligereza) como en la cacería posterior de los bastardos de turno.

Una desconocida pero deslumbrante Matilda Anna Ingrid Lutz interpreta a una joven algo descocada que se ha liado con un guapo y adinerado hombre de negocios casado. Se trata de un apaño para conseguir una oportunidad laboral y, aunque no se menciona explícitamente, resulta fácil ver ahí al clásico productor desalmado aprovechándose de una aspirante a actriz con promesas de darle un billete directo a Hollywood. El tipo se lleva a la chica de escapada al desierto, donde espera disfrutar de algunos revolcones antes de que lleguen dos amigotes de similar calaña con los que acostumbra a irse de cacería. Tres posibles votantes de Vox con armas de fuego no son la mejor compañía para una joven desprotegida en medio del desierto, así que la situación se va de madre y acaba abandonada a su suerte, dada por muerta. Pero no lo está. La muchacha consigue remendarse como buenamente puede y se arma con sus últimas fuerzas para convertirse en un sangriento ángel de la venganza.

Revenge

La dirección de una mujer, también guionista de la cinta, invita a esperar de Revenge un giro de tuerca del género de “violación y venganza” introduciendo un discurso feminista más elaborado, o al menos más moderno. Sin embargo, a pesar del (implacable) empoderamiento de la víctima, Fargeat no parece demasiado interesada en hacer proclamas ideológicas aquí. Desde el primer minuto la película es un puro ejercicio de estilo, tan impecable en lo visual como un tanto fría en el fondo. Lo previsible de la trama y el desapego hacia los personajes evidencian que, como la propia protagonista, Revenge no es otra cosa que una vistosa carta de presentación para que a Coralie Fargeat se le abran las puertas de Hollywood.

Resulta fácil, no obstante, dejarse llevar por el innegable poderío visual de la producción y perdonarle sus carencias. A pesar de que en ocasiones lo intenta demasiado fuerte, la realizadora demuestra gran audacia para conseguir imágenes impactantes y una buena mano para el ritmo. Eso, junto a sus escasos miramientos para echar mano de bendita ultraviolencia para regar con alegría los fotogramas con sangre y vísceras, da como resultado una película impactante que se deja ver con bastante gozo.

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