En una pequeña ciudad del sur de Alemania, en la década de 1970, vive Micaela (Sandra Hüller), de 21 años, que se ha criado en una familia profundamente religiosa, con un padre cariñoso pero débil y una madre fría y distante. A pesar de llevar años librando una larga batalla contra la epilepsia, Micaela desea fervientemente salir de su casa para ir a la universidad. Una vez allí, saborea la libertad por primera vez. Su incipiente amor por Stefan y su amistad con Hanna hacen que se rompa el escudo de la fe y de la familia, bajo el cual siempre se había sentido segura y protegida.
Réquiem demuestra que, según se cuente, una misma historia puede convertirse en una idiotez éticamente sospechosa, como lo fue El exorcismo de Emily Rose, o bien un retrato serio de la destrucción de una chica atormentada por una enfermedad mental a la que no encuentra cura ni la ciencia ni la religión. El segundo caso es el de esta notable cinta alemana que se apoya casi exclusivamente en el trabajo naturalista de sus intérpretes, sin recrearse en el “exorcismo” de la desafortunada Micaela, encarnada con maestría y sin alardes histriónicos por una sublime Sandra Hüller.

El suspicaz Ángel Sala, director del Festival de Sitges, usaba una sección de una revista donde escribe para defenderse (?) de los que se quejaron porque una película de temática no fantástica ganó el premio principal de un festival dedicado a este género. En su poco profesional pataleta decía que el film demostraba “cómo los límites de entre el horror real y el imaginado se han diluido en nuestro tiempo”. Si le hace feliz considerar a un drama sobre la dolorosa lucha de una persona contra su enfermedad mental como cine fantástico, no le vamos a amargar el día, pero la verdad es que esta película sería igual de interesante si los protagonistas de las alucinaciones de la protagonista no fueran santos y demonios. De hecho nunca vemos a estos seres en pantalla, sino que se nos muestra con una lacerante crudeza, casi con frialdad documental a la pobre chica sufriendo los ataques.

Si bien los familiares y la iglesia pierden la partida moral con sus decisiones al final de la película, tampoco se cargan las tintas caricaturescas con ningún personaje, con lo cual la experiencia se hace más dolorosa e indignante, ya que el espectador casi se siente obligado a ayudar a la protagonista, o cuanto menos a solidarizarse con su angustia.

Réquiem es un film duro, pero no sensacionalista, en el que se agradece un tono de absoluto respeto por una historia auténtica que ha tenido que sufrir todo tipo de explotación morbosa.

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