El repentino éxito de The Ring propició una avalancha de películas de terror japonesas en el mercado español. Vale, quizá no fuera exactamente una avalancha, pero lo cierto es que la adorable Sadako Yamamura le abrió las puertas a decenas de películas que de otro modo probablemente jamás habrían gozado de distribución en este país. Fue un fenómeno fugaz, empañado por un chorreo de remakes americanos infinitamente menos interesantes y también por algunos productos autóctonos oportunistas que aprovecharon la situación echándole morro, pero que permitió descubrir algunas cintas francamente estimables.

Pulse fue una de las más singulares que nos dejó aquella oleada, convertida con el tiempo en un pequeño clásico de culto. Resulta fácil pasarla por alto debido a una premisa bastante estúpida que levanta inevitables prejuicios. Allá va: por algún motivo, los fantasmas han empezado a invadir el mundo de los vivos a través de internet. Leído eso resulta inevitable imaginarse a niñas de pelo rebelde saliendo de pantallas de ordenador y a niños siniestros agazapados debajo del escritorio.

Por suerte Kiyoshi Kurosawa es un cineasta lo bastante inteligente e interesante como para huir de esos tópicos. Después de plantear esa idea durante la primera media hora, la película se va por otros derroteros y se convierte en un desasosegante ensayo sobre la soledad y el existencialismo. Aunque fantasmagórica y espeluznante a su manera, Pulse no pretende dar miedo sino incomodar al espectador con una desazón que va en aumento durante sus dos horas de metraje.

Su ritmo tortuosamente lento hace que sea un visionado difícil. Su mensaje nihilista resulta desolador. Y sin embargo, como los mangas de Junji Ito, Pulse consigue crear una extraña atmósfera de irrealidad que fascina y repele a partes iguales conforme el desencadenante inicial va evolucionando en escala.

El hecho de que la película se rodara en la época pre-redes sociales y esté tecnológicamente desfasada, con monitores de tubo y sonidos chirriantes de módem de 56k, le da un aire retro que contribuye a hacerla aún más sugestiva. Lástima que suceda todo lo contrario con los efectos especiales digitales que hacen su aparición en el último tramo. Es una película japonesa de bajo presupuesto de principios de 2001, os podéis hacer una idea…

Pulse (Kairo)

En cualquier caso, esos trompezones son escasos y perdonables. Antes de eso, la dirección minuciosa, casi de documental, de Kurosawa ya nos ha dejado algunas escenas memorables que hielan la sangre por su realismo y carga dramática, como un escalofriante suicidio rodado en un único plano que parece real.

Hace falta ser un espectador paciente para cogerle el gusto a Pulse, pero es una película que ha ganado vigencia con los años. Vista desde la actualidad hiperconectada, su mensaje sobre el aislamiento y la incapacidad para estrechar lazos con otros seres humanos resulta aún más pavorosa. En un mundo en el que iniciar una conversación con un desconocido se interpreta como una violación de su espacio vital, mientras que millones de personas son descartadas cada día con el movimiento de un dedo a través de aplicaciones como Tinder, el desolador mensaje de Kurosawa se torna tan visionario como desesperanzador. Estamos más conectados que nunca, pero también estamos más solos que nunca.

Por supuesto, como tantas otras compañeras de “promoción”, Pulse originó no solo un remake americano sino una trilogía completa que no vale ni para atizarle con un palo. Se recomienda, por lo tanto, precaución a la hora de buscarla en vuestro proveedor de contenidos de confianza. Que no os den gato por liebre.

Pulse

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