Mentiría si dijera que siento especial apego hacia Parchís. Me acuerdo de que me encantaban sus películas de niño, a pesar de que detestaba sus canciones. Algo paradójico, si tenemos en cuenta que eran producciones oportunistas destinadas a incentivar las ventas de discos. Pero el caso es que me sentía identificado con el descaro de los chavales y su manera de desafiar a las figuras autoritarias adultas. Eso y que uno de los componentes era un crío pelirrojo muy grimoso es básicamente todo lo que recuerdo del grupo, así que no me molestaré en adoptar esa pose de fingida reverencia nostálgica tan irritante que emana de cosas como Yo fui a EGB.

A pesar de que Parchís me importa un carajo en 2019, he recibido con curiosidad el documental que acaba de estrenar Netflix y que prometía arrojar luz sobre las sombras del que fuera (y probablemente siga siendo) el grupo español de música infantil más importante de todos los tiempos. Un auténtico fenómeno social que consiguió trascender las barreras del país, contagió a gran parte de Latinoamérica y generó millones y millones de pesetas que nadie sabe muy bien adónde fueron.

La carrera de Parchís estuvo salpicada de escándalos y el documental tan solo se atreve a pasar de puntillas por algunos de ellos. La mayor parte del metraje consiste en entrevistas con los miembros de la banda en la actualidad, así como personas de su entorno, y eso se traduce en un intento de blanquear las partes más chungas de su trayectoria. Aunque se reconocen algunas cosas, como que Tino (el guaperas y líder) se dedicó a jugar a los médicos con todas las fans que se le pusieron a tiro (y algunas de sus madres), o que eran unos pequeños cabrones asilvestrados que se dedicaban a lanzar muebles por la ventana de los hoteles (ríete tú de los Sex Pistols), hay aspectos como sus coqueteos con las drogas o los intentos de secuestro que ni siquiera se tratan. En todo momento los ya no tan chavales muestran una actitud bastante conciliadora y los pocos trapos sucios que se airean salen casi siempre de boca de terceros.

Tampoco es cuestión de cargar las tintas a base de morbo gratuito. El problema es que la narrativa del documental tan solo aborda de forma tangencial el verdadero drama de la historia: cómo unos padres sin escrúpulos vendieron sus hijos a los ejecutivos de una discográfica y cómo el estrellato mal gestionado les destrozó la infancia a unos chicos explotados sin ninguna vergüenza. Aquí es hacia donde se debería haber dirigido el foco del documental, sin embargo ni siquiera los propios protagonistas, ya adultos, son capaces de ahondar en los problemas que tuvieron para lanzarse al mundo laboral y conseguir una buena salud psicológica. Hablan de “depresión” y de “mala vida”, pero lo hacen con una ligereza que desconcierta.

En general la cinta hace un pésimo trabajo a la hora de abordar los puntos negros de Parchís, y quizá el principal motivo es que ni siquiera los protagonistas saben muy bien qué pasó. El mejor ejemplo es el sospechoso cierre de la discográfica cuando comenzó el declive del grupo en lo que a todas luces parece una maniobra de “toma el dinero y corre”. Ese episodio crucial que marcó el fin de la gallina de los huevos de oro se narra de forma bastante tan vaga que directamente no se entiende. Sin la convicción necesaria para abrazar el drama, el documental parece más cómodo reviviendo el mito a base de cañonazos de nostalgia, con una buena cantidad de vídeos de archivo y un relato entusiasta de cómo los chavales lo petaban en sus buenos tiempos.

No vieron ni un duro. Hipotecaron su niñez mientras sus padres miraban hacia otro lado, más preocupados por comprarse coches nuevos con la calderilla que les ofrecía la discográfica con una mano mientras con la otra se lo llevaba crudo. Para mí esa es la verdadera historia de Parchís y el documental apenas se preocupa por ofrecer un esbozo de ella. El resultado, en lugar de la descorazonadora historia que debería haber sido, es más bien un frustrante ejercicio de onanismo que, sin la convicción necesaria para mostrar el lado más amargo del relato ni suficiente purpurina para abrazar el puro fan service, se queda en tierra de nadie. Y es una pena porque se intuye que aquí hay una historia digna de ser contada. Una historia que, de momento, todavía no se atreven a contar.

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