Un experto en vampirismo es llamado a una mansión veneciana donde cien años antes Nosferatu había hecho de las suyas. Allí practican una sesión de espiritismo mediante la cual pretenden contactar con el espíritu del vampiro. En realidad, lo que consiguen es despertarlo de su letargo.

Hay que ver cómo son los italianos. No sólo copian todas las ideas que se les ponen a tiro, sino que las llevaban a la práctica a su manera. Nosferatu en Venecia es un perfecto ejemplo de cómo coger un clásico inmortal como el Nosferatu de Murnau (aunque la que nos ocupa es una continuación de la no menos inmortal versión de Herzog) y convertirlo en una canallada sin pies ni cabeza, con muchas tetas y no menos empalamientos.

Kinski vuelve a encarnar al vampiro alemán por excelencia (bueno, transilvano), aunque luce una coqueta melena a medio camino entre Ozzy Osbourne y el sombrero de Davy Crockett. Es que hay que adaptarse a los tiempos. Su presencia es más reclamo publicitario que otra cosa y probablemente también improvisada, pues no parece que le dieran guión alguno (total, para un par de frases no vamos a gastar en fotocopias). Debían de ser años de vacas flacas para el actor.

La película es una sucesión de disparates tan risibles como el paseo en góndola del vampiro a plena luz del día, su transformación en murciélago o las dos geniales peleas a escopetazo limpio. Puestos a desechar cualquier tipo de respeto hacia el personaje original, el mismo nombre del vampiro es Nosferatu. Sí, ni conde Orlock, ni conde Drácula, ni conde de Montecristo, Nosferatu. Hay que joderse.

Hay que destacar también las numerosas apariciones de un misterioso grupo de gitanos cuyo único papel en la película es bailar flamenco. No se explica cual es su relación con el vampiro, su presencia se limita al cante y al taconeo.

Por destacar algo, obviando la comedia involuntaria, hay que reconocer que el apartado artístico es excelente. Pero claro, es que los decorados son la Venecia misma. Es un poco como coger una máquina del tiempo y rodar un peplum en la Antigua Roma.

Nosferatu en Venecia podía haber sido todo un clásico del cine chatarra italiano si no fuera porque intenta ir en plan serio y claro, no puede ser. Tan mala no será cuando Coppola le copió un montón de cosas en su Drácula de Bram Stoker. Y ya hay que tener morro para copiar a los italianos.

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