Un fortuito accidente une los destinos de dos jóvenes, George y Edna, que acabarán perdidos en medio de una zona rural inglesa. Lo peor está por llegar: por alguna razón los muertos recientes están volviendo a la vida para merendarse a los vivos, encabezados por un vagabundo ahogado. Un policía intransigente y con bastante mala uva no les cree, por supuesto, y los considera sospechosos de los asesinatos.

Bajo la alargada sombra de La noche de los muertos vivientes nació la película que nos ocupa. Sin embargo, lejos de copiar la fórmula del filme de Romero, como habrían de hacer cientos y cientos de títulos posteriores, la cinta de Jorge Grau posee una personalidad propia que ha conseguido que aguante con muy buena forma el paso del tiempo.

La acción transcurre en una hermosa campiña inglesa, un paisaje idílico que pronto deja de serlo. Rural es también el propio origen de la resurrección de los muertos: unas ondas ultrasónicas experimentales destinadas a acabar con las plagas del campo. Puede parecer un argumento endeble, e incluso absurdo, el rollo ese de las ondas ultrasónicas, pero lo cierto es que los personajes lo argumentan tan bien que uno casi se lo cree y todo (ey, casi), bravo por los ¡cuatro! guionistas. La moraleja ecológica está servida, y basta para diferenciar a la obra de Grau de las de Romero, caracterizadas por su crítica sociológica. Puestos a hacer comparaciones, la presente se anticipó en el uso del gore incluso a Romero, ya que su Dawn of the Dead se estrenó un poco después. Dicho sea de paso, los efectos especiales son muy dignos, a destacar el “destetamiento” de una recepcionista, uno de esos personajes cómicos destinados a una inevitable muerte ridícula.

El comienzo de la película no puede ser más desconcertante: una tía en pelotas, una exhibicionista, cruza una congestionada carretera sin que los estresados conductores le hagan demasiado caso. Siendo una coproducción italoespañola no extraña un inicio de ese tipo, más italiano que español. Para sorpresa del espectador, la promesa de una de esas italianadas de zombies, tan truculentas como risibles, se ve rota a favor de una película de terror ejemplar, bien construida y que consigue aumentar la tensión progresivamente hasta alcanzar un clímax de infarto (estropeado un poco por el epílogo, demasiado previsible y demasiado manido).

Por último, no puedo evitar llamar la atención sobre el inspector de policía, un paranoico cincuentón en una guerra personal contra la generación “ye-yé”, que acusa de asesino al protagonista por sus “greñas, barba y ropas afeminadas”. También está presente una crítica algo más sutil hacia la ideología “hippy”, la otra cara de la moneda. Un enfrentamiento magníficamente registrado, y Jorge Grau tiene el acierto de no posicionarse de lado de ninguno de los dos bandos.

No profanar el sueño de los muertos es, en sí misma, una pieza sobresaliente, una de las pocas películas de terror españolas que admite el calificativo de excelente sin usar ningún tipo de comillas. Pero dentro del subgénero de las pelis de zombies ocupa un puesto privilegiado como obra maestra sin discusión posible, que aún hoy se mantiene tan fresca como un cadáver recién enterrado.

P.D. También fue estrenada en algunos países bajo el recurrente título de Zombie 3, como tantas otras producciones mediterráneas de zombies que no sabían muy bien cómo vender en el extranjero.

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