El colectivo No te prives y la Filmoteca Regional nos llevan de viaje a la Islandia profunda a través de la proyección de Heartstone, corazones de piedra. Un entorno inhóspito para la juventud y sobre todo, para quien es diferente a la mayoría de sus semejantes.

A través del personaje del joven Thor se cuenta la historia de cómo la homosexualidad, como principal estandarte (por proporción) de toda la diversidad sexual, debe ser escondida por los prejuicios que se perpetúan en las áreas rurales sin que el sufrimiento, las ansias de libertad y el avance de los años puedan con ellos.

Thor es un joven adolescente que aun está descubriendo su sexualidad. A través de su amigo Christian experimentará con su cuerpo pero también con su mentalidad. Christian, que al parecer no se lleva muchos años de diferencia con Thor y el resto de amigos, es con diferencia el más desarrollado y atractivo del grupo. Un Adonis que no termina de encontrar su sitio en su pequeña localidad. Serán dos amigas a través de las cuales Thor y Christian darán rienda suelta al placer de descubrir por sí mismos qué es lo que quieren y establecerán un refugio para cobijarse de la intransigencia de sus entornos más cercanos.

Acoso por lgtbifobia

Como se aprecia en esta película, el acoso a menores de edad tiene un fuerte pilar en el rechazo a la diversidad sexual. Un rechazo impuesto históricamente por un sector conservador de la sociedad que primero se organizó y estructuró en base a la religión y que en estos años está mutando su estructura de difusión del discurso del odio en partidos políticos (aunque la mayoría sólo sean soportes del “antiguo régimen” impuesto por las doctrinas religiosas).

Un rechazo que evoluciona a discurso y que provoca un acoso cobarde a una minoría. Más grave aun resulta cuando ese acoso se dirige hacia una minoría que además es menor de edad. Ejemplo que ya pudimos ver con el autobús tránsfobo de una organización obediente a los sectores más rancios de la sociedad española.

Edades que deben ser respetadas porque de su desarrollo dependen los adultos del futuro. Especialmente en la pubertad y adolescencia, momento de intensos cambios a la vida adulta que generarán diversos conflictos sin necesidad de que se sume más tensión a una edad ya de por sí complicada. Un periodo en el que probar, experimentar y disfrutar debe surgir y no verse impuesto.

El área rural, caldo de cultivo

Las poblaciones pequeñas suelen contar con una población envejecida, tradicional y que no ha conocido más allá de lo que su pequeño entorno le ha podido enseñar. Esto, sumado a que la religión se erige en muchas ocasiones como el único contacto con algo que queda fuera de lo que alcanza su vista, propicia que los antiguos valores y miedos no mueran, sino que se transmitan con fuerza generación tras generación. Una sociedad pequeña y cerrada en la que se hacen más visibles cualesquiera muestras de diversidad. Lo que destaca sorprende, asusta y acaba muriendo solo, ya que pocas veces encuentra alguien afín y se encuentra con un rechazo a la apertura por la posible “contaminación” que por su parte pueda sufrir la “población homogénea”.

Algo que, por supuesto, afecta a gais, lesbianas, transexuales, bisexuales e intersexuales. Sin embargo, las personas con discapacidad o extranjeras pueden sufrir de la misma manera este rechazo provocado por la fobia o miedo irracional heredados o por el auge de ese discurso del odio.

Corazones de piedra

Me queda la duda de saber a qué personajes realmente se dedica el título del filme. Puede ser a los valientes jóvenes por su inquebrantable deseo de libertad y capacidad de seguir adelante. Otra opción puede ser al inerte, frío e inflexible órgano del sistema circulatorio con el que cuentan las personas que atacan las distintas formas de sentir.

Sea como sea, la película nos sumerge en un universo en bucle que tiene en su sino repetirse con el paso de los años y de las personas. Un bucle de sufrimiento, prejuicios y tensiones provocadas por el rechazo a conductas afectivo-sexuales que en más de un momento de la película nos remite a los intramuros de la casa de una señora llamada Bernarda. Por desgracia, muchos de esos muros de fría y muerta piedra seguirán tardando en caer.

Una pega de esta película es que creo que ya es momento de acabar con el maltrato animal en nombre del arte y de la producción de ficción. Ya que nos ponemos a tratar valores, es de cuestión ética y moral aplicarlos también a la ecología, la cuestión animalista, a la discapacidad, al comercio justo y otras tantas causas justas que deben caminar de la mano para lograr un futuro algo menos feo que el presente.

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