James Wan no es el mejor director del panorama actual. Ni siquiera es uno de los mejores directores de terror. Su virtud, demostrada desde que hiciera con Saw lo que Jesucristo con los panes y los peces, es un hocico de lince para dar con fórmulas de éxito y saber gestionar sus ideas para que den el máximo rendimiento posible. Y cuando digo rendimiento me refiero a billetes. Camiones llenos de billetes. Piscinas de billetes. Strippers con la ropa interior a rebosar de billetes.

Tras el éxito de la muy estimable Expediente Warren (The Conjuring) al muy zorro se le ocurrió la idea de convertir los casos relacionados con el matrimonio Warren, una suerte de Mulder y Scully que se dedicaron a resolver fenómenos paranormales principalmente entre los años 70 y 80, en un universo cinematográfico interconectado cortado por el mismo patrón que el de los superhéroes de Marvel. Y es que, además de las dos entregas de la franquicia troncal, el creador de origen malayo ha sabido desgajar tres spin-offs derivados que, si bien no dirige él directamente, sí se encarga de perfilar como co-guionista y productor. Tras Annabelle y su precuela, la monja demoníaca de Expediente Warren: El caso Enfield da el salto para protagonizar una película propia que intenta narrar su origen y cómo llegó a la vida de los Warren.

Ese intenta es un decir. En realidad ni siquiera lo intenta. Lamentablemente, a pesar de su estética deudora del terror británico de los 60 y 70, la película no es más que un vulgar tren de la bruja, o tren de la monja si ustedes lo prefieren. Su realización está costada por ese efectismo barato que tanto gusta a la muchachada de hoy, esos chavales que acuden a las salas en grupito (o en legión) en busca del arrumaco cómplice de la chica de al lado y para reírse muy fuerte del que pegue un brinco con alguno de los sobresaltos que tiene a bien regalar cada diez minutos de metraje, aproximadamente. Al final, dotar de trasfondo al personaje e integrarlo dentro de los mitos de la franquicia termina siendo lo de menos y ese propósito, que inicialmente era la razón de ser de la producción, acaba despachado con un par de brochazos.

Poco esfuerzo por enriquecer el “warrenverso” hace esta historia que no es más que una excusa para llevar hasta una abadía embrujada a un sacerdote del Vaticano, acompañado por una novicia y ocasionalmente por un francés al que le toca el papel de alivio cómico (como si alguna vez hubiera habido un francés gracioso), para que les pasen movidas muy chungas. La adorable Taissa Farmiga, en el papel de monja virginal y extremadamente adorable, consigue salvar los muebles ganándose la atención (y el corazón) del respetable con una buena interpretación que se ve reforzada por una muy buena caracterización que alimentará los sueños húmedos de los fetichistas de los hábitos.

Aunque la dirección algo torpona de Corin Hardy fracasa en darle algo de vida a un guion ya insulso de base, La Monja se las arregla para no ser un completo fracaso. Esto se lo debe a una excelente escenografía, que nos traslada eficazmente a una tenebrosa Rumanía profunda que hará las delicias de los amantes del terror gótico de la factoría Hammer. Hay buenos escenarios y una sugerente atmósfera en la película, lo que nos deja algunas estampas muy memorables, de gran poderío visual. Lástima que se cuente tan poca cosa y con tan poca gracia, porque los entornos de la abadía, con sus ruinas, su cementerio y su bosque transilvano, podrían haber dado una cinta de terror clásico muy disfrutable, como lo que consiguió con mayor éxito La mujer de negro en 2012.

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