Hilary Swank interpreta el papel de una antigua misionera cristiana que perdió la fe cuando su familia fue trágicamente asesinada, y desde entonces se convierte en una autoridad en la refutación de fenómenos religiosos. Pero cuando está investigando en un pequeño pueblo de Luisiana, que está sufriendo lo que parecen ser plagas bíblicas, se da cuenta de que estos sucesos no pueden ser explicados por la ciencia y debe recuperar la fe para combatir las oscuras fuerzas que amenazan esta comunidad.

Stephen Hopkins es uno de esos artesanos que suelen dar un buen acabado formal a películas de encargo, generalmente bastante estúpidas. Su nombre aparece en películas de usar y tirar que, sin que nadie lo esperase, han envejecido mejor de lo esperado (Pesadilla en Elm Street 5, Depredador 2), aunque también en alguna bosta insalvable como Perdidos en el espacio, siendo su mejor trabajo hasta el momento la muy estimulante aventura africana Los demonios de la noche, donde se devolvía la dignidad terrorífica a unos animales tan devaluados como son los leones.

La Cosecha se estrena en Semana Santa como película religiosa que es. Al igual que La bendición o El fín de los días se nos intenta convencer de que se trata de un film de terror, suspense o acción, y cuenta con escenas pertenecientes a ese género, pero al final se trata de la eterna historieta de “personaje que ha perdido la fe” en la que al final se redime, porque por lo visto lo más penoso del mundo, según Hollywood o el viejo régimen franquista (no hay más que ver cualquiera de las películas de aquellos oscuros tiempos) es no creer en Dios. En esta película no sólo es triste no creer o desafiar al Todopoderoso, sino que encima es letal a causa de la peligrosa vanidad de El Creador que le mueve a castigar con plagas y demás torturas a todo aquel que no le dora la píldora. Dios es amor, pero a sí mismo.

Rodada con oficio (buena atmósfera góticoamericana) y malos efectos especiales, esta es una de esas películas al filo de la serie B que constituyen la mayor parte de la carrera de Hilary Swank, siempre moviéndose entre el prestigio y el saldo. Su extraordinario cuerpo es en esta ocasión más llamativo que su interpretación, no porque lo haga mal, sino porque su personaje es un mero estereotipo dentro de un film construido a base de clichés, una de esas películas en las que uno sabe lo que va a pasar ya desde la primera escena. Fast-food que, al menos, nunca llega a revolver las tripas.

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