Al pequeño Ondra, un niño asmático de seis años, le llega la hora de desprenderse de Kooky, un raído peluche de color rojo. Los gérmenes que hay en el relleno del osito son una amenaza para la delicada salud del niño, así que Kooky acaba en el cubo de la basura.

Esto no basta para cortar el vínculo que une a Ondra con su juguete, de modo que el niño comienza a fantasear con las aventuras que vive el osito hasta regresar a casa, escapando primero del vertedero y pasando después por un bosque mágico poblado por seres extraños.

Y esto, más o menos, es lo que cuenta Kooky (Kuky se vrací), una de las películas más tiernas y adorables que he tenido el placer de descubrir.

Dar con Kooky no ha sido tarea fácil, esta producción checa de hace dos años apenas ha tenido repercusión internacional y en España, según tengo entendido, nunca se ha estrenado, ni siquiera en DVD. Por suerte siempre nos quedará internet (si nos dejan), esa biblioteca de Alejandría del siglo XXI, y aún así he tenido que hacer virguerías para encontrar unos subtítulos medio decentes (los cuales, por cierto, he tenido que sincronizar “a mano” para ajustarlos a la imagen de la versión que he podido conseguir).

Así están las cosas: el mundo recibe de buena gana el reestreno de Titanic en 3D mientras joyas como ésta acaban, como el propio peluche protagonista, en el cubo de la basura. Pero guardaré las pataletas para otro día, hoy toca hablar de esta maravilla que combina de forma encantadora actores reales, marionetas y animación stop motion a la antigua usanza.

Aunque su argumento recuerda poderosamente a Toy Story 3, el lenguaje y el fondo de Kooky tienen poco que ver con la no menos recomendable obra de Pixar. La pequeña gran aventura de este osito de peluche es un canto a la inocencia infantil y a la imaginación, y detrás de los simpáticos monigotes que brincan en pantalla hay un omnipresente halo de nostalgia tan intenso que en ocasiones resulta algo incómodo, nada que ver con las amables historias protagonizadas por Woody y Buzz Lightyear.

Es ésta una fábula para adultos, aunque utilice convenciones del cine familiar.  Se hace evidente en el desarrollo lento de la trama, difícil de digerir para los pequeños más hiperactivos, pero sobre todo en los diálogos, llenos de reflexiones y dobles sentidos, donde el guión incluso se permite algunas referencias sexuales, como cuando el Capitán Hergot advierte a Kooky de que lo mejor es no molestar a unas libélulas que están “pegadas”.

A su inteligencia y sensibilidad se suma un diseño de arte fantástico, a cargo de Jakub Dvorský, fundador del estudio Amanita Design, casa de videojuegos tan bellos como Machinarium y Bonaticula. El resultado es una película imprescindible para cualquier adulto que añore volver a mirar al mundo con los ojos de un niño.

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