Una plaga de vampiros se está cebando con todas las lesbianas de una pequeña ciudad. Los sacerdotes del lugar no pueden permitir más tiempo esa masacre y deciden pedir ayuda a Jesús para salvar al rebaño. Tras una primera derrota, El Santo y María Magnum ayudarán al hijo de Dios en la sagrada tarea de exterminar a esas criaturas de las tinieblas a base de estacas y mamporros.

El hecho de que esta película sea del 2001 despertará no pocas suspicacias. No es para menos, en los últimos años todo lo “freak” parece haberse puesto de moda. Muchos se han subido al carro del “frikismo” y lo han usado como excusa para llenarse un poco los bolsillos a costa de reírse de la gente. Afortunadamente, la película que nos ocupa es más un homenaje a los demenciales films de El Santo y similares que una simple engañifa oportunista. El film emula perfectamente todos los aspectos de las series b ochenteras. Actores más malos que pegarle a un padre, música de sinte salchichero, guión lisérgico, cámaras de segunda mano… Después de un ejercicio de mímesis tan cuidado, parece increíble que haya sido rodada en pleno siglo XXI.

Esta producción canadiense contiene todo lo que un amante de la caspa puede pedir: una historia delirante, situaciones inverosímiles, torpe kung-fu y sangre cutre. Además, se permite coquetear con el musical en un par de ocasiones, con resultados bastante tristes, de lo peor de la película.

Lo peor es la desafortunada decisión de cortar el pelo a Jesús al principio de la historia, tirando por la borda el carisma del personaje. Por el contrario, el clon gordo (más) de El Santo es todo un acierto que nivela la balanza de la pareja protagonista, todo un acierto tal y como se demuestra en la divertidísima escena del bar.

Poco importa la tosca dirección en un subproducto como éste; de hecho, es mala a propósito. Es una película modesta y desenfadada que se limita a cumplir con éxito su promesa de diversión gamberra.

Como curiosidad, se dice que Mel Gibson lloró al verla. No creo que sea cierto (dudo que el buen cristiano conozca su existencia, incluso), pero es innegable el carácter sacrílego de la joyita. Y ya sabemos lo divertidos que son los sacrilegios.

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