Debido a una virulenta gripe perruna, el alcalde de la ciudad ficticia nipona de Megasaki decreta exiliar a todos los canes de la ciudad a una isla deshabitada que se usa como vertedero. A modo de ejemplo, el primer perro desahuciado es el de su propio pupilo, Atari Kobayashi, que además de protector resulta ser el mejor amigo del muchacho. Un día el chaval se arma de valor, toma prestada una avioneta y se fuga a la zona de cuarentena para buscar a Spots. Paralelamente, en la ciudad, una niña reúna pruebas sobre una conspiración y se inicia un movimiento pro-canino que reclama el regreso de los perros.

Estrenada en cuatro cines mal contados, muchos hemos tenido que esperar a su edición en formato doméstico para disfrutar de Isla de Perros, la última joya de la filmografía de Wes Anderson, que llega cuatro años después de El Gran Hotel Budapest y repite con el género de la animación en stop motion que tan buen resultado le dio con Fantástico Sr. Fox, de 2009. Me gustaría ahorrarme comparativas innecesarias porque, a pesar de repetir con las marionetas y un discurso animalista, se trata de una producción muy diferente.

No se lleven a engaño por su estética. Isla de Perros es una película para adultos, no porque contenga nada de mal gusto, sino porque los chavales probablemente se aburrirán ante una aventura que sí, tiene un ritmo ligero y ameno, pero poca comedia y aún menos acción. Esta oda al mejor amigo del hombre es más bien un escaparate para la atención al detalle y el talento visual del señor Anderson.

Da auténtico vértigo imaginar la cantidad de trabajo que hay detrás de cada plano, no solo por la expresividad de las marionetas sino por la cantidad de atrezo en miniatura, perfectamente recreado aunque su presencia en pantalla sea insignificante. Una escena en particular donde un personaje prepara una cena resulta especialmente hipnótica por la delicadeza con la que se ha dado vida a cada uno de los ingredientes, aunque el filme está plagado de momentos que quitan la respiración. Todo esto sin apenas retoques digitales, empleando técnicas tradicionales de stop motion, hasta el punto de usar trozos de guata para simular el humo de las explosiones o introducir alambres dentro de la ropa de las marionetas para manipular los movimientos del tejido.

El grandísimo trabajo de los animadores, junto a la inventiva del director, dan como resultado una de las películas más bellas de los últimos años, una auténtica obra maestra en lo visual al servicio de una historia encantadora que no se queda en los tópicos de “los animales son más listos que las personas”, como cantaran los de Ojete Calor, y va más allá para abordar temas como la manipulación gubernamental o cómo la mirada inocente de un niño puede prender la mecha de compasión necesaria para hacer mejor un mundo de adultos.

Con apenas diez películas en su filmografía, a pesar de que pronto será ya cincuentón, Wes Anderson es un director demasiado perfeccionista para ser prolífico, pero casi siempre es certero. Es un francotirador. Y con Isla de Perros vuelve a dar en el centro de la diana.

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