De la irregular Donde viven los monstruos se pueden decir muchas cosas, no todas buenas, pero no se puede negar su enorme poderío visual. La estéticamente brillante adaptación del clásico cuento devolvió al director Spike Jonze a la primera línea tras no haberse prodigado demasiado desde Cómo ser John Malkovich. Aunque el resultado no acabó de ser redondo, sí fue una película bastante necesaria y meritoria, a pesar de su falta de ritmo.

Su peludo cuento de hadas no solo atrajo la atención de los modernos de medio mundo, también le sirvió para recibir una oferta de colaboración por parte de la marca Absolut Vodka. La propuesta era generosa: un “cheque en blanco” para producir un mediometraje de temática libre y con libertad creativa absoluta, con las únicas concesiones de un product placement mínimo y cederle a los señores del vodka sueco los derechos de distribución.

El resultado fue I’m Here, una preciosa fábula en clave de ciencia ficción que se sirve de una tierna historia de amor entre dos robots para realizar un emotivo discurso sobre varios temas interesantes como la alienación social, la deshumanización y la necesidad (y el peligro) de sacrificarse en favor del ser amado. Es especialmente destacable su final agridulce, aparte de por bellísimo, porque ofrece dos lecturas muy distintas que no desvelaré para no aguarle la sorpresa a nadie.

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