Dear son comienza ante la preocupación de un padre por la rara enfermedad de su hijo. Algo que ya vimos con John Q. Continúa con una historia de padre coraje que ya conocemos en el imaginario colectivo y que en España se llevó al cine. Sigue con una crisis de pareja… y finaliza con algo que nunca había visto. El conjunto forma una historia amplia de miras completamente recomendable. Una trama que nos saca del acomodado punto de vista occidental, según acierta en indicar Daniel Deseus en su blog.

Una juventud que busca su sitio

¿Qué vacío existencial lleva a una persona joven a adentrarse en el radicalismo? Pues uno que por desgracia y en grados muy diferentes une a todas las sociedades del globo en estos tiempos que corren. Si lo podemos observar en su vertiente más extremista en el yihadismo, no es menos palpable que en la cara occidental del planeta este radicalismo encuentra su canalización a través de grupos y partidos políticos de extrema derecha y en mucha menor medida en grupos de extrema izquierda.

Algo que podríamos haber creído evitado gracias a la democratización cada vez mayor de la cultura (aunque existen importantes retrocesos, una situación que cambia según países) y la expansión de unos valores sociales cada vez más aceptados. Ecologismo, animalismo, feminismo, pacifismo, visibilidad y conquista de derechos de la comunidad LGTBI+, inclusión cada vez mayor en la sociedad de las personas con discapacidad… Aspectos que cada vez están más presentes en la sociedad y que, sin embargo, provocan reacciones inversas de grupos potenciados y empoderados por lobbys e instituciones deseosos de perpetuar sus privilegios. Son estos grupos los que buscan un público joven para que calen sus mensajes. Unos mensajes facilones que juegan con un carácter instintivo para despertar bajas pasiones, miedos e impulsos. En ningún momento considero que el público joven se impregne de estos mensajes (muchos basados directamente en noticias falsas y conceptos erróneos y malintencionados) por una falta de nivel cultural o un bajo nivel intelectual, pero sí por la falta de experiencias anteriores y agitados por una crisis que ahoga sus posibilidades de crecimiento vital.

El laberinto sirio

Un radicalismo y unas mentiras que en el caso del mundo árabe suponen el gancho para captar a los jóvenes para que entreguen supuestamente y nada menos que su vida a Dios. Un dios que los extremistas se encargan de convertir en una deidad que odia y castiga a quienes se alejan de una vida basada en preceptos abusivamente conservadores. Y precisamente para esa “guerra santa” contra el valor de igualdad en libertad, los extremistas colectan a jóvenes prometiéndoles que un sacrificio en esta vida los convertirá en guerreros de un dios que sabrá compensarles en otra vida.

Por otra parte, una inmensa mayoría entiende la religión como una forma de amar al prójimo y de proteger a la sociedad (con preceptos más o menos acertados). “Si alguien mata a una persona es como si matara a toda la humanidad” (Corán 5:32).

Dear son (Querido hijo) sitúa este conflicto dentro de una familia argelina. La desesperación de un futuro incierto, la confrontación con un modo de vida no deseado, las dudas propias de la adolescencia, la búsqueda de encontrarle un sentido a nuestra existencia y el miedo al fracaso componen una amalgama de componentes que sólo necesitan de un empujón para precipitar al vacío a su portador.

Un laberinto sirio del que parece que se saldrá próximamente tras la derrota definitiva del Estado Islámico de Siria e Irak (ISIS, o DAESH en su término peyorativo para arrebatarle el estatus de “Estado”). Por desgracia, este intento de someter al mundo bajo las interpretaciones más radicales (y a la vez, menos ciertas) del Islam acabará con un balance especialmente doloroso para el mundo, un dolor que se acentúa en el mundo árabe, dado que la inmensa mayoría de víctimas pertenecen a este contexto geográfico, cultural y religioso. A esta realidad nos traslada Dear son.

Instinto de supervivencia

Una característica que se supone que define a todo ser vivo y que en este caso se pierde. Sin embargo, la película nos sorprende con un magistral ejemplo que supone el único punto dulce del film. La grandeza de este film reside en toda la verdad que nos descubre, la realidad de un drama que etiquetamos fácilmente con tintes racistas desde el desconocimiento. Pero también esa lucha por seguir adelante y no resignarse a las cartas que nos da la vida queda muy presente en el personaje principal. Una gran película que nos ha regalado la décima edición del Festival Internacional de Cine de Murcia IBAFF que nos llama a hacer un ejercicio de empatía, a aprender, crecer y entender la sinrazón de muchos de nuestros actos.

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