El pasado martes 1 estrenamos el mes de diciembre con la defunción de Paul Naschy, más conocido en su casa como Jacinto Molina. No se lo llevaron las balas de plata, sino un cáncer de páncreas. Antes de que los mismos que le ignoraron durante décadas comiencen a darle homenajes póstumos y a colgarse medallitas, es un buen momento para recordarle en su mejor forma, con los colmillos puestos y las garras afiladas.

No nos engañemos, Paul Naschy hizo mierdas como pianos. Esto es así, él lo sabía y siempre lamentó tener que rebajarse a abortos como “Buenas noches, señor monstruo” o “Aquí huele a muerto”, un camino triste que ya recorrieron antes que él Bela Lugosi, Boris Karloff y Lon Chaney Jr., una suerte de amarga penitencia que acompaña a todos los mitos del cine de terror en el ocaso de sus carreras.

Si descartamos todas las bobadas alimenticias en las que participó, que fueron unas cuantas, lo cierto es que nos queda una trayectoria única dentro de la historia del cine español. Es el nombre propio que más ha contribuido a la producción terrorífica española y sin duda uno de los personajes que más pasión y entrega han demostrado por el género en todo el mundo.

A pesar de todo, Paul Naschy murió sintiéndose más valorado (que no querido) en el extranjero que dentro de nuestras fronteras, donde tuvo que mendigar para poder compartir con el mundo, nunca con más de cuatro duros en el bolsillo, sus alucinadas fantasías de licántropos, vampiros y muertos vivientes. Una obsesión que le llevó a ser ninguneado, cuando no directamente despreciado, por la estirada industria del cine nacional.

La triste ocasión me obliga a volver la vista a atrás y recomendar, por orden cronológico, cinco de las mejores películas de un hombre de cine que sólo tuvo la mala suerte de nacer en el país equivocado, en el momento equivocado, y que aún así luchó contra viento y marea para poder seguir rodando.

La marca del hombre lobo (Enrique López Eguiluz, 1968)

El debut de Waldemar Daninsky, el mítico hombre lobo que volvería a interpretar en una decena de ocasiones, fue también el detonante de un impensable boom del terror patrio que se extendió hasta los primeros años de la democracia, cuando la ley de subvenciones de Pilar Miró se cargó de un plumazo toda la producción de género.

Todos los ingredientes ya estaban ahí: una ambientación gótica que bebía de la Hammer más clásica, un guión con garra, efectos especiales toscos pero contundentes y todo el erotismo que podía esperarse de la ya algo relajada censura de un franquismo que daba sus últimos coletazos.

A pesar de convertirse en un exitazo de taquilla instantáneo y de ser considerada una película de culto en países como Estados Unidos o Alemania, en España no hemos podido disfrutarla en DVD hasta hace apenas un mes. Más atención han recibido por aquí las numerosas secuelas directas e indirectas, donde el personaje se ha enfrentado a nazis, samuráis, vampiros y otros horribles engendros como el grupo infantil Regaliz .

La noche de Walpurgis (León Klimovsky, 1970)

Si “La marca del hombre lobo” fue un éxito, este fue el gran pelotazo del fantástico español. Una película que imita el planteamientos de los “crossovers” de la Universal, una productora que nunca dudó en orquestar enfrentamientos imposibles entre sus monstruos más famosos, como si de superhéroes Marvel se tratara.

En esta ocasión el licántropo Daninsky se ve las caras con la condesa Wandesa Dárvula de Nadasdy, un trasunto de Erzsébet Bathory debidamente vampirizada. La interminable búsqueda del remedio para la licantropía es el hilo conductor de un argumento sin pies ni cabeza que sin embargo engancha gracias al buen trabajo de León Klimovsky, artesano todoterreno ahí le pusieras una de miedo o una del Oeste.

Mucha iconografía castiza, con misas negras, caserón abandonado y rastrojos de monte ibérico para una película sorprendentemente atmosférica y bien resuelta.

El jorobado de la morgue (Javier Aguirre, 1972)

Una vuelta de tuerca al mito del “Jorobado de Notre Dame” en su variante más malsana y morbosa nos permite disfrutar de una de las mejores interpretaciones de Paul Naschy, aquí un patético jorobado desesperado por devolverle la vida a una joven de la que está enamorado. Persiguiendo su loco deseo cae bajo la influencia de unos científicos que le obligan a hacer todo el trabajo sucio para sus locos experimentos, iniciando así una espiral de violencia que acaba como el rosario de la aurora.

A pesar de agenciarse descaradamente el personaje de Victor Hugo, lo cierto es que la película no tarda en tirar por otros derroteros más siniestros, más en la línea de Poe y Lovecraft, con efectos muy truculentos y una estética feísta que tira para atrás. Mucho más repulsivas serían, sin embargo, las posteriores películas de Javier Aguirre, especialmente las protagonizadas por Parchís .

El huerto del francés (Jacinto Molina, 1977)

Inspirado en el caso real de Juan Andrés Aldije “El francés”, un asesino que convulsionó Andalucía a principios del siglo pasado, Naschy se pone delante y detrás de las cámaras para crear una de las películas que mejor han retratado el clima de la malencarada España profunda de olor a tortilla de patatas, vino rancio y navaja en mano. Un viaje por la locura que comienza y acaba en el garrote vil, operado por un magnífico Luis Ciges en el papel de verdugo de pueblo.

Probablemente la mejor película de Naschy en lo formal, no hay que poner comillas ni excusas para defenderla. Es excelente por derecho propio, una producción extraña pero genial que surgió de algo tan tonto como una investigación para descubrir por curiosidad el significado de la expresión “llevarte al huerto”.

Algunos han visto paralelismos entre esta película y “La semana del asesino”, de Eloy de la Iglesia, otro retrato de un asesino típicamente español. No creo que se trate tanto de una inspiración directa como del reflejo de la sociedad de mediados de los 70, donde una ola de criminalidad y una situación de agitación propiciaron que en España se vieran las cosas negras como el luto.

El caminante (Jacinto Molina, 1979)

Una película cargada de mala leche que nos cuenta la historia de la venida del diablo a la Tierra, con el objetivo de pasarlo en grande y pervertir a todas las almas que pille. No tarda en descubrir que el hombre es peor que él mismo.

Nuevamente a la dirección, Naschy-Molina nos regala una estrambótica fábula que resucita el espíritu de la jocosa picaresca española de “El lazarillo de Tormes” y “El diablo cojuelo”. Pero que no os engañe su apariencia de comedia negra, El caminante es una obra muy personal cargada de críticas hacia el español glotón y perezoso. Para Naschy el hombre no es un lobo para el hombre, si acaso apenas llega a perro pulgoso sentenciado a morirse en algún bancal entre siesta y siesta.

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