Disgusta, aunque no sorprende, que el ruido extracinematográfico haya acabado acaparando la conversación en torno a El irlandés. Ya sabéis, que si Scorsese se caga en las películas de Marvel, que si vaya chapuza el rejuvenecimiento digital, que si lo de la proyección limitada en cines, que si lecciones sobre cómo trocear sus tres horazas y media de metraje en cómodos fascículos, que madre mía los personajes femeninos… Se conoce que en 2019 todo el mundo tiene que opinar de todo y que además esa opinión tiene que caber en 140 caracteres (280 si es español), pero es una pena que no se haya destacado lo suficiente lo extraordinario que resulta asistir al estreno, estando como está el panorama, de semejante master class de cine de la vieja escuela.

Por mucho que sea una pena no haber tenido la ocasión de asistir a una proyección en cines (también os digo que a ver qué vejiga aguanta tan titánico metraje sin un botón de pausa con el que aliviarse), El irlandés es el más contundente argumento del contenido frente al formato. Sí, ver esta película en una tablet es como pedir un menú de 50 euros y llevártelo a casa en un tupper para consumirlo recalentado, pero la versatilidad de Netflix también permite disfrutarla en un amplio espectro que va desde el móvil chino más cutre hasta una tele de pata negra con HDR y más pulgadas que la cuenta corriente de Amancio Ortega. Eso es elección del consumidor. Mucho más importante resulta la excepcional carta blanca que la plataforma le ha dado a Scorsese para hacer exactamente la película que quería hacer sin ningún cortapisas ni intrusión externa.

Los méritos de El irlandés son a un tiempo la culminación de la carrera del director y la hermosa valentía de orinar en la cara del espectador medio actual, ese tipo que engulle los contenidos con el móvil en una mano y una bolsa de Doritos en la otra, que está más pendiente de lo que se dice en Twitter que de las inquietudes propias y cuya nula capacidad de atención requiere diálogos de dos frases y cambios de plano cada cinco segundos. La película es una paciente obra de orfebrería que se construye delicadamente, basada en los pequeños momentos y en las miradas. Los silencios de los personajes dicen más sobre ellos que lo que verbalizan. Y solo por esto, pecado mortal en una época de sobrexplicaciones y voces en off, El irlandés es uno de los estrenos más valiosos de 2019, aunque la veas y ni siquiera te guste.

El guión es un vehículo para el lucimiento de Robert De Niro, Joe Pesci y Al Pacino. Los tres están enormes. No podía ser de otro modo: cuando fichas a tres titanes de la interpretación y les das unos personajes complejos, construidos a su medida, el lucimiento está servido. Y aún así consiguen imprimirles unos matices que los elevan a un nivel fuera del alcance de prácticamente nadie. Durante casi cuatro horas, su presencia magnética hipnotiza al espectador, secuestrado por la magia del cine en estado puro.

La película funciona a la vez como broche de oro a la carrera de sus tres actores principales y a la del propio Scorsese, pero también es un monumento (funerario) dedicado a una manera de entender el séptimo arte ya prácticamente extinguida. Cine de pollaviejas, dicen algunos con desdén. Y ante ese desdén, Scorsese se da el gustazo de hacer la película que nunca le dejaron hacer, en los términos que ha creído convenientes.

Sobre eso, el director ha construido un magnífico relato que funciona como radiografía de un pedazo de la historia de Estados Unidos, una reflexión sobre la traición y el olvido o simplemente una crónica de cómo la ausencia de moralidad conduce a la autodestrucción. Sí, es una película tremendamente larga, pero condensa tanto contenido, deja tanto espacio a la reflexión del espectador y está tan abierta a las interpretaciones personales, que incluso una teoría loquísima que afirma que en realidad es una historia de amor gay no solo no resulta ninguna chifladura, sino que sorprende por ser una interpretación perfectamente plausible.

Por encima de los muchos temas que aborda, y al igual que Érase una vez en… Hollywood, El irlandés consigue que dejes de pensar en la trama en términos de introducción, nudo y desenlace. Como se encarga de recalcar su ritmo aletargado, se trata de una invitación para pasar tiempo de calidad con unos tíos a los que adoras, aunque en este caso el espíritu idealizado y de celebración del filme de Tarantino se vea sustituido por un triste tono crepuscular y la amargura propia de las despedidas. Dudo mucho que se vuelva a estrenar otra película como El irlandés.

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