Cuando Eisenheim (Norton) comienza actuar con su asombroso espectáculo de ilusionista en Viena, pronto corre la voz sobre sus poderes sobrenaturales… llegando a los oídos de uno de los hombres más poderosos y pragmáticos de Europa, el príncipe heredero Leopold. Convencido de que el mago no es más que un experto impostor, Leopold asiste a uno de los espectáculos de Eisenheim, con intención de desacreditarle durante su actuación. Pero cuando la bella prometida del príncipe, Sophie von Teschen (Biel), aparece, Eisenheim y Sophie se reconocen de la infancia y un amor latente es reavivado. Con Eisenheim y Leopold luchando por el afecto de Sophie, pronto se hará evidente que ambos están dispuestos a no poner límites para reivindicar y mantener su amor.

Si una persona va a ver El ilusionista lo hará principalmente por el reparto, liderado por dos magníficos intérpretes y una de las mujeres más sicalípticas del panorama cinematográfico actual. El cartel no miente, y realmente en la película aparecen esos actores, así que en ese aspecto el film no decepcionará. Es más, Edward Norton y Paul Giamatti desarrollan sus respectivos y obsesivos papeles con la efectividad esperada, si bien la abundante vestimenta propia de las mujeres de clase alta de hace un siglo impide que Jessica Biel ejerza su talento, también llamado “curvas”. El bueno de Rufus Sewell también aparece como malo malísimo, quizá demasiado caricaturesco como para cogerle manía.

Amén de la “ficha artística”, la película plantea una intrigante historia en la que la ambientación cumple un papel muy importante, esa Viena de 1900 aún no especialmente decadente, una época en la que la psicología, la parapsicología y la verdadera ciencia estaban más mezcladas que en la actualidad, lo que propiciaba una extraordinaria popularidad de los ilusionistas, siendo el más mítico Harry Houdini. Como suele pasar con más frecuencia de lo esperable, El ilusionista ha coincidido en el tiempo con otro film sobre “magos” enmarcado en la misma época, El prestigio.

A falta de poder comparar ambas obras, cabe destacar la buena factura de un film de presupuesto moderado (para lo que son estas cosas), desde la puntillosa labor de dirección artística a la melancólica y somnolienta fotografía de Dick Pope, sin obviar la banda sonora de Phillip Glass, un tipo tan prolífico como infalible.

Con tan impecables ingredientes y un arranque y desarrollo sin mácula, la chapucera resolución de El ilusionista desilusiona al más pintado. No se debería juzgar a las películas por su final, lo sabemos, pero el apresurado y chapucero desenlace de la película echa por los suelos la arquitectura de la película como si todo se tratara de un castillo de naipes. De naipes de mago. Ya sabemos que los ilusionistas son profesionales del engaño, pero es que la película se queda en puro truco de Magia Borrás.

Quizá la moraleja sea que es mejor no conocer el truco y dejarse llevar por la ilusión, lo que no sabemos es si la moraleja va destinada al espectador o a los creadores de la película.

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[…] mejor resuelto que el de esa hermana pobre de The prestige que se estrenó hace poco titulada El ilusionista. Como en aquella, el film de Nolan retrata una época en la que la parapsicología, el espectáculo […]