El apóstolDespués de reventar los límites del cine de acción con The Raid y su secuela, dos películas tan excesivas como espectaculares que causaron un terremoto en el género que permitió que emergieran cosas tan disfrutables como Dredd o John Wick, Gareth Evans cambia radicalmente de registro. Lo hace con una inclasificable película que se estrena directamente en Netflix, dentro de esta última intentona de la plataforma por “fichar” a directores de género jóvenes para darles la oportunidad de experimentar con producciones relativamente modestas pero sin los grilletes creativos propios de los grandes estudios.

Si bien la iniciativa nos ha dado más cal que arena (aún me duele la fallida Mute de Duncan Jones), el galés sale bien parado con una película extraña, incluso desconcertante, que se pone la chaqueta de película de terror pero está más interesada en reflexionar sobre algunos temas sociales como el fanatismo religioso, el aislacionismo y la explotación medioambiental.

A la sombra de su más que obvia referencia directa, la magistral El hombre de mimbre (The Wicker Man, Robin Hardy, 1973, no confundir con el remake de 2006), la película narra la llegada de un hombre de tormentoso pasado a una isla donde una secta bastante jodida tiene secuestrada a su hermana. Las fricciones dentro de la propia comunidad, un hermético grupo de desquiciados que veneran a una entidad cuya influencia sobre las cosechas está en declive, es el núcleo central sobre el que se cimenta una tensión creciente durante más de dos horas de metraje.

Más thriller psicológico con toques sobrenaturales que terror propiamente dicho, El apóstol no termina de acertar con un personaje protagonista demasiado desdibujado pero sí da de pleno con un imaginario rural retorcido de principios del siglo pasado y un ritmo muy calculado que acaba desatándose en un tramo final trepidante donde se nota la buena mano de Evans para rodar escenas de acción.

Es una pena que la propuesta no sea más ambiciosa. Aunque El apóstol resulta una interesante película de terror “de autor”, a su director y guionista se le nota demasiado ansioso por demostrar que es más que un coreógrafo de indonesios partiéndose la crisma. Sabe mover la cámara, consigue imágenes de gran poderío visual y tiene un talento nato para poner al espectador en el borde de la butaca (en este caso del sofá). Y sin embargo, es como ese chaval que se sabe la lección, despacha el examen con la confianza del que sabe que va a aprobar y lo entrega un cuarto de hora antes de hora para salirse al patio a comerse el bocadillo. Todo funciona, todo está bien, pero se conforma con sacar un 6 cuando podía haber llegado al notable con un poco más de mimo y desarrollo.

El apóstol

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