(Escribir sobre uno de los más grandes de nuestra era y sobre una de sus películas más importantes hace que uno se sienta realmente insignificante y con la inmensa responsabilidad de hacer justicia a su obra. Con la mayor de las humildades y vértigos, perdón de antemano)

Contentar al gran público con películas cómodas y amables para el espectador fue el objetivo de Almodóvar durante un periodo de tiempo muy breve que podemos delimitar entre sus películas Hable con ella y Los abrazos rotos. Podría escaparse también su vanagloriada Mujeres al borde de un ataque de nervios, en la que sus chicas hacen las delicias de un público sediento de una comedia feminista y gamberra. El resto del tiempo Almodóvar ha hecho lo que le ha dado la real gana. Sus inicios más provocadores en su juventud quedaban reservados para un público más contestatario y reducido. Sin embargo, aunque el genio seguía creando y campando a sus anchas, iba moderando el tono (consciente, o quizá inconscientemente) hasta conectar con un público cada vez más mayoritario que demandaba algo más en el panorama del cine español.

Cuando hubo conectado con ese público que ya esperaba sus obras como agua de mayo, el artista sorprendió a todos abandonando la comedia y la erótica por el drama más profundo en ambientes deprimidos. Así fue cómo el mundo entero cayó rendido ante Todo sobre mi madre. El abrazo del mercado y del público iniciarían precisamente este idilio que llevó al director a sumirse en dramas más digeribles para un público adulto y más sobrio. Dentro de esta etapa sobresale una joya llamada Volver, imprescindible para todos los amantes del cine.

Como si de un animal salvaje encorsetado se tratase, Almodóvar volvió a romper todos los esquemas con la grandísima La piel que habito, un nuevo punto de partida para que el director volviera a desatarse y a hacer lo que le apeteciera en cada momento. Fue así como llegó la pobre Los amantes pasajeros, una de las más prescindibles de su filmografía. Julieta pasó sin pena ni gloria dejando bastante frío a quien escribe, aunque siempre sea un placer reencontrarse con las solventes películas del genio.

Pedro, la persona

Y así llegamos al final. Dolor y gloria tiene un amargo sabor a despedida no anunciada. No es la película más entretenida del mundo, no es de las mejores del director, sin embargo, Dolor y Gloria es puro Pedro Almodóvar. Es como si, a sus 70 años, Pedro (o Salvador Mallo) dejara hecha la película con la que quiere que se recuerde no tanto al cineasta, sino a la persona. Su salud condicionada, sus grandes amores (quizá la parte que más recurre a la ficción de la película), la vital y entrañable relación con su madre (la parte más veraz)… Todo lo que durante estos años ha tapado o transpirado su ficción. Pedro Almodóvar se invita a convertirse en el arte con el que tanto ha trabajado. Un regalo para sí mismo y para todos los cinéfilos que quieran adentrarse en la figura del artista.

Esperemos que el autor nos vuelva a deleitar con muchas obras más, pero sin duda esta es con la que siente (me atrevo a psicoanalizar) que puede alejarse de la escena tranquilo y en paz. Un ejercicio de sinceridad que sus incondicionales agradecemos y valoramos.

El premio a sus actores

Todos los integrantes del reparto tienen el inmenso honor más allá de ser chico o chica Almodóvar, un título con el que cualquier intérprete ha soñado dentro y fuera de nuestras fronteras y que se otorga al haber estado una sola vez bajo las órdenes del genio. Ser chico Almodóvar en esta película va de algo más, va de representar parte de la historia del referente. No podían faltar Antonio Banderas (el propio Pedro Almodóvar) y Penélope Cruz (su madre), pero el director se acompaña a su vez de una de sus recurrentes, Cecilia Roth (como una amiga) y el soberbio portento interpretativo de Asier Etxeandia (uno de sus actores fetiche ¿Quizá un más que disfrazado Antonio Banderas?). Otro de los que repite es Leonardo Sbaraglia, el argentino representa nada más y nada menos que al supuesto gran amor de Salv… de Pedro. Un papel que más o menos arrastrado a la ficción, seguro que representa mucho para Pedro Almodóvar. Raúl Arévalo es el padre del director, un reconocimiento a un actor sobresaliente de nuestro panorama.

Julieta Serrano vuelve como una hija pródiga al universo almodovariano desde su última intervención en Átame (1990). Interpreta a la madre del exitoso director en su edad más avanzada, quizá en un intento del genio de homenajear la figura de su madre a través de una gran actriz que estuvo presente en una época más polémica y alejada de todo lo que esta figura encarna. Nora Navas supone el apoyo que el autor ha podido encontrar en las figuras que lo han rodeado en su carrera profesional y lo han aupado a la cima (¿un velado homenaje a su hermano Agustín? Solo Pedro lo sabe).

Mención aparte merece el papel con el que ha sido premiado César Vicente. El primer deseo sexual del director encarnado por un actor de 21 años que se estrena en el cine tras pasar por la aplaudida La otra mirada de TVE. Debutar en el cine de la mano de Almodóvar en una película que quedará para la historia y en un papel tan sutilmente relevante es un regalo del que cuesta abarcar toda su trascendencia.

A Hollywood

La Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España vuelve a elegir a Almodóvar para representar a nuestro país en los Oscar. Otro acto de reconciliación en la tormentosa relación entre Academia y director. Quizá esta película no sea la más adecuada de este año para representar a España. Dolor y gloria es un ejercicio íntimo, una obra para los amantes de Almodóvar, una oda del director a sí mismo en un acto onanista elevado a la categoría de arte y espectáculo. Unas memorias acompañadas de pellizcos de ficción tremendamente disfrutables, memorias al fin y al cabo. La gran baza es que la crítica hollywoodiense es gran admiradora de la obra almodovariana, pero temo que el experimento pueda dejar a España otra vez fuera de la carrera por el Oscar en la selección de mejor película de habla no inglesa.

Tras recibir el León de Oro honorífico de la Mostra de Venecia a Almodóvar y el premio a mejor actor a Antonio Banderas en el Festival de Cannes, la ficción llega envalentonada a la carrera por los Oscar. Sin embargo, ninguno de estos premios es a la película en sí. De acuerdo que Almodóvar es la película (y viceversa) y que Antonio Banderas es Almodóvar (y por tanto, su película), pero este círculo virtuoso puede no ser suficiente para que Pedro Almodóvar, su historia y su vida sean los grandes vencedores morales (y materiales) en el Kodak Theatre de Los Ángeles.

La película tiene que pasar por varias cribas antes de llegar a la alfombra roja. Que sea un homenaje a un personaje vivo y a la vez candidato a hacerse con la estatuilla supone un ejercicio de humildad y rendición ante el genio de quien tenga que abrirle la puerta a la esperada nominación final. Dejar a grandes películas e historias por el camino puede ser un acto demasiado doloroso y generoso a cambio de volver a encumbrar a una de las figuras más relevantes del cine español (y quizá mundial).

Toda la suerte del mundo.

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