Un matrimonio americano no demasiado unido hereda un viejo castillo italiano. John es el último pariente vivo de la anterior dueña, una anciana duquesa algo estrafalaria que vivía sola. O eso es lo que todos creían, porque entre las viejas paredes parece esconderse un misterioso inquilino.

No le reviento la película a nadie si digo desde el principio que el misterioso inquilino no es otro que Giorgio, el hijo de la duquesa al que todos creían muerto. Después de casi 40 años de cautiverio, el muchacho no encuentra el modo de escapar hasta que llegan los americanos al castillo, maldita casualidad. Qué le vamos a hacer; si no, no habría película. El caso es que tanto tiempo de cautiverio en un miserable calabozo con goteras vuelve majara a cualquiera, así que Giorgio no tarda en mostrar evidentes síntomas de demencia.

Contado así, la cosa parece una más de freaks encerrados en el sótano y de vergonzosos secretos familiares. Con lo manido del tema, la verdad es que no me esperaba demasiado, y el cutrísimo cartel tampoco invita a verla precisamente. Y, encima, que sea uno de los títulos más desconocidos de la filmografía del a veces mediocre, a veces genial, Stuart Gordon no presagiaba nada bueno. En cambio, una vez superados los prejuicios me he llevado una agradable sorpresa. O quizá me ha encantado por esperarme una bazofia, ¿quién sabe?

Gordon rechaza cualquier sutileza o tabú y construye, sobre una historia más vista que el tebeo, un relato sórdido, decadente y deliciosamente bizarro. El director no se corta un pelo a la hora de mostrar buen gore ni el repugnante diseño del monstruo, incluso sus grotescos genitales (o su ausencia, porque no tiene pilila).

La historia (una muy libre adaptación de Lovecraft, como casi todo lo de Gordon) está contada con acierto y, si bien no hay virguerías en la dirección, sí es firme y efectiva. Se mezcla el drama familiar de El resplandorcon el terror de monstruitos de toda la vida, pero lo interesante es el logrado tono malsano y lo repulsivo del villano, que es todo un hallazgo. Buena banda sonora (editada en cd) del eficaz Richard Band, efectos de maquillaje más que decentes y la agradecida presencia de Jeffrey Combs, que con sus muecas se deja querer, hacen el resto. Una hora y media de sana diversión con algunos momentos francamente sorprendentes.

Lástima que el irregular Gordon no haya mantenido a lo largo de toda su carrera la garra de películas como Re-Animator, Re-Sonator o la presente. Castillo maldito, sin ser una obra maestra, no dejará indiferente a casi nadie. Y apuesto a que el escroto mutilado de Giorgio tampoco.

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