El Festival de Cine Fantástico Europeo de Murcia (C-FEM) se estrena en su edición de 2019 con el reto de demostrar que se puede huir del encorsetamiento y la falta de ideas del género recién denominado como “fantaterror” (mezcla de fantasía y terror). Pues bien, con su primera película a concurso, The devil’s doorway (La puerta del diablo), se da un golpe sobre la mesa.

The devil’s doorway es una película que no nos descubre nada nuevo, pero que resulta brillante en tantas facetas que nos encontramos ante una película de terror que no tiene nada que envidiar a ningún taquillazo hollywoodiense.

Un macabro abrazo a la realidad

Irlanda del Norte, 1960. Alertados por la carta de una de las internas, los padres Thomas y John son enviados por la Santa Sede a un convento femenino a investigar un posible milagro. El padre Thomas es un veterano desengañado de todas estas historias gracias a su larga trayectoria. El contrapunto de ilusión y credulidad se lo aportará su joven acompañante el padre John, encargado de filmar todo el proceso de verificación del milagro.

La ilusión del joven religioso decae tras comprobar que las jóvenes internas sufren tratos vejatorios y que más que un milagro, pueden estar siendo testigos de hechos en los que el bien divino no tiene nada que ver.

La directora de la cinta, Aislinn Clarke, encuentra la motivación para hablar sobre este tema en los centros reales que acogieron a mujeres consideradas ovejas descarriadas en Irlanda del Norte. “El último de ellos cerró en 1996, poco antes de que yo tuviera a mi primer hijo, por lo que la historia que narro podría haber sido la mía”, detalló la directora. Más aún, cuando Clarke conoció algún caso de internamiento cercano a su entorno.

Unos centros, que tal y como sabemos (por desgracia) en España sirvieron para comercializar con los bebés de las internas, o sucesos mucho peores. Además, muchas de las prácticas aplicadas a estas internas incluían el encierro o técnicas médicas de efectos irreparables como lobotomías o terapias electroconvulsivas.

La otra mirada

Discapacitadas, prostitutas, huérfanas, rebeldes, lesbianas, embarazadas fuera del matrimonio y sin recursos. Estos son los perfiles de las verdaderas protagonistas del film. Mujeres cuyos comportamientos son “corregidos” con mano de hierro bajo las órdenes de la hermana superiora. Pese a que los principales protagonistas son dos hombres, Clarke centra la narrativa en el universo de la mujer como sujeto oprimido por un patriarcado que es el que realmente le ha arrebatado su libertad a estas mujeres a través de la imposición cultural de una moralidad machista y ultraconservadora.

Brillan entre las sombras

La directora saca el máximo partido a un método de rodaje conocido como found footage (metraje encontrado en español), muy extendido en el cine de terror y que tuvo su máxima expresión con El proyecto de la bruja de Blair. Clarke nos presenta así una mezcla entre este film y El exorcista, que sin embargo sorprende por la profundidad de la historia y otros aspectos.

Entre esos otros aspectos encontramos la soberbia actuación de los actores y actrices principales. Una madre superiora con una autoridad arrolladora y que pone en jaque a los intrusos masculinos que osan cuestionar su labor en su propio centro. Una interna que se debate entre el bien y el mal y los dos protagonistas. Todos ellos sorprenden con una maestría que incluso ejercen los intérpretes más jóvenes.

Para meternos en la historia desde el primer momento, la directora también graba con cámaras de 16 mm, de hecho, todo lo que vemos está aparentemente grabado por el padre John, con lo que la directora consigue una coherencia visual imposible de superar.

Por otra parte, Clarke hace gala de un humor negro, sutil y tremendamente inteligente que combinado con la crítica social de toda la película consigue que el espectador no se sienta decepcionado tras el visionado de otra película de posesiones.

Y si por algo brilla esta película es también por esos destellos mágicos del cine de terror que nos persiguen en la realidad. Una sola mirada fija de una figura con autoridad que hace que nos recorra el escalofrío más amargo o una pregunta que descubre que realmente no tenemos ni idea de lo que se nos viene encima. Esta conexión terror-realidad es la que mantiene vivo este tipo de cine.

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