Climax

Como colofón a una maratón de ensayos de varios días en un internado cerrado, un grupo de bailarines de danza urbana celebran una gran fiesta a la salud del duro trabajo realizado. Conforme avanza la noche la atmósfera jovial se va enrareciendo cada vez más y los asistentes empiezan a sufrir delirios de todo tipo. Todo apunta a que alguien ha vertido alguna droga en las fuentes de sangría. Pero, ¿qué tipo de droga? ¿Y quién ha sido? Mientras crece la tensión y la paranoia, los roces y deseos ocultos de los compañeros convierten la fiesta en un polvorín.

No es Climax la película más extrema del siempre polémico Gaspar Noé (Irreversible), pero sí se trata probablemente de su producción más desquiciada. Supuestamente basada en hechos reales ocurridos en Francia en 1996, la película arranca con una plomiza sucesión de entrevistas a los integrantes del grupo, con objeto de presentarlos y ofrecer algunas claves sobre sus personalidades (o más bien sobre sus fobias disimuladas, como la homofobia o el racismo). A continuación, el director francoargentino se saca la chorra con una sucesión de planos secuencia de vértigo que, en combinación con los espectaculares pasos de los bailarines, justifica los aplausos a la cinta en los festivales de Sitges y Cannes.

Mucho más interesante se vuelve el desarrollo en la segunda mitad, cuando el ritmo se acelera conforme la fiesta empieza a descarrilar hasta que se revela como un alucinado desfase que no deja títere con cabeza. Esta parte, separada explícitamente por unos desconcertantes títulos de crédito que hacen el papel de intermedio, funciona casi como una película aparte, hasta tal punto que el virtuosismo inicial de las cámaras dan paso a unos planos mucho más sucios filmados en steadycam guarro con un estilo casi gonzo.

No es casual que el reparto esté compuesto por profesionales del mundo de la danza, puesto que la expresión corporal es la gran protagonista durante la algo más de hora y media de metraje. Cuerpos elásticos y posturas imposibles ofrecen algunas estampas de gran atractivo visual que se van tornando progresivamente en imágenes de pesadilla conforme este thriller psicológico se va pervirtiendo. A nivel actoral destaca Sofia Boutella en un papel muy complejo que sirve como eje central para que el espectador conecte todo lo que pasa a su alrededor.

Climax

Climax es, ante todo, un filme eminentemente sensorial. Aunque no es especialmente críptico, puede resultar bastante confuso y abrumador en un primer visionado. No hace falta entenderlo para disfrutarlo (o más bien sufrirlo, en un sentido positivamente masoquista). Tampoco hay ninguna gran revelación ni un giro que le otorgue sentido. Es, como las propias raves que caricaturiza de forma poco disimulada, una situación de absurdos y situaciones incómodas destinada a terminar terriblemente mal.

Habrá quien encuentre algo trasnochado su mensaje de “chavales, practicad la diversión saludable, no hace falta desfasar tanto para pasarlo bien”. Algo de eso hay, pero si el cine de terror moderno se ha centrado en advertirnos de que los verdaderos monstruos son los humanos, películas como Climax nos recuerdan que si algo da más miedo que un loco o un hijo de puta es perder el control sobre nosotros mismos.

Climax

Así que tomad nota: si alguien os ofrece algo en una fiesta vosotros decid que sí y fingid tomarlo, pero cuando no mire lo escupís. Que al final la jarana se acaba, encienden las luces y entonces vienen los disgustos. Ya sabéis, los “cómo he llegado hasta aquí”, “dónde está mi ropa” y “qué es este pringue viscoso que tengo por toda la cara”.

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