Jun (Ryhuei Matsuda) es un joven introvertido que ha asesinado al cliente de un bar, Shiro (Masanobu Ando) ha conocido la violencia desde su más tierna infancia. Encerrados en la misma prisión y pese a sus aparentes diferencias, entre ambos se establecerá una estrecha relación que se verá interrumpida por un misterioso crimen. Takashi Miike es la pesadilla de todos aquellos que tenemos que describir películas pero preferimos la masturbación tradicional en lugar de la literaria. Según lo veo, uno de los mayores valores de gente como Miike o Lynch es precisamente lo difícil (¿imposible?) que es tratar de ofrecer claves para entender de manera clásica o incluso simbólica sus películas, ya que funcionan más bien a un nivel sensorial. En esta ocasión el japonés nos sorprende (siempre lo hace) con una especie de (con este director todo es siempre “una especie de”) drama policíaco-gay-carcelario-místico donde lo más importante es la presencia de dos sex-symbols nipones como son Ryhuei Matsuda y Masanobu Ando. Pese a que la característica principal de Miike es su ilimitada libertad creativa, los seguidores más acérrimos disfrutarán de un puñado de toques miikeanos (¿?) inconfundibles, como esos interrogatorios policiales en los que las preguntas aparecen impresas en pantalla, o ese alcaide de la prisión de inquietante sonrisa acompañado de un tradicional espectro femenino, por no hablar de la inclusión en el escenario de dos elementos simbólicos como son una antigua pirámide y un cohete espacial retro-futurista. Aunque todo esto suene a divertido despiporre surrealista al estilo de otras obras del director como pueden ser Gozu, Zebraman o Happiness of the Katakuris, pero aquí Miike adopta ese tono desolado, lento y minimalista tan frecuente en la cultura japonesa y tan difícil de digerir por el espectador occidental. A nadie se puede culpar porcalificar este tempo narrativo de tedioso, coñazo o soporífero, adjetivos tan válidos como contemplativo,introspectivo o poético. Todo depende de a lo que esté uno acostumbrado y, sobre todo, del día que se tenga. La experiencia cinematográfica está condicionada principalmente por como le vaya el día a uno, y eso no me lo rebate ni Román Gubern. Así que lo mejor es acercarse a ver esta película con la mente abierta y sin sueño acumulado. Un título raro para una película rara dirigida por un realizador rarísimo. Exclusivamente para los hambrientos de originalidad.

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