Una pequeña tribu de cazadores de la selva mexicana ve sacudida su pacífica existencia con la llegada de unos cazadores de hombres. Durante la incursión, el joven Zarpa de Jaguar (Rudy Youngblood) consigue ocultar a su hijo y su mujer embarazada en un pozo del que es imposible salir. Los captores conducen a sus presas al corazón del Imperio Maya, donde serán ofrecidos como víctimas a los dioses, pero lo único que preocupa a Zarpa de Jaguar es el destino de su familia.

El escritor loco Robert E. Howard metía en todas sus historias de Conan civilizaciones decadentes entregadas a cultos malignos, a los que se enfrentaba con repugnancia su héroe bárbaro. “La barbarie es el estado natural del hombre. La civilización es antinatural. Es un capricho de de las circunstancias. Y, en última instancia, la barbarie siempre saldrá triunfante”, decía el tejano en boca de su famoso cimmerio. Ahora, el director loco Mel Gibson se imbuye de este espíritu y viene a mostrar lo mismo en esta contundente película de aventuras que ha causado debate por sus discutibles inconsistencias históricas, que no han sentado bien a esos que sostienen que las civilizaciones precolombinas estaban compuestas por pacíficos hippies, dedicados exclusivamente a la astronomía y las matemáticas, si bien sus adelantados conocimientos científicos no les llevaron a la invención de armas de fuego para combatir a la pandilla de mataos que llegaron desde España para forrarse con el oro ajeno. Otros historiadores, refiriéndose a la película, han sostenido que, efectivamente, en todos sitios cuecen habas, y que los mayas tampoco eran unas hermanitas de la caridad.

Pese a que Gibson vuelva a recurrir a la estupenda idea de que los personajes hablen la lengua original del lugar y época en que transcurre la acción, no se aprecia un interés especial en recrear la civilización maya, sino que esta aparece fugazmente y vista desde los ojos aterrorizados de un cautivo que nunca ha visto una construcción de piedra, y aún menos una gran ciudad. Lo que interesa al director de Braveheart es contar una historia sencilla sobre gente con valores aún más sencillos. La meta exclusiva del héroe es salvar a su mujer embarazada y a su hijo, sin más. Este es casi un cuento narrado a la luz de la fogata de una tribu, una epopeya nada épica pero de indudables tonos míticos, incluyendo una magistral y escalofriante escena en la que una niña enferma vaticina la derrota de los villanos.

Gente como Conrad o Herzog han usado la selva como metáfora, haciendo que sus personajes, según se introducen en ella, van sumergiéndose en la locura y el núcleo de la oscuridad humana. En Apocalypto sucede al revés, el mal viene de fuera y el terror comienza cuando acaban los árboles y comienzan las canteras, los mercados, las fashion victims, los niños gordos malcriados y los gobernantes que utilizan la palabrería y el espectáculo para embaucar al pueblo. Se dice que en realidad es una crítica a la situación actual del tambaleante imperio americano, pero en realidad vale para todas las épocas, como se dice en la cita del prólogo que tan mal sentará a los que siguen quejándose por la conquista española, como si a nosotros no nos hubiera invadido hasta el Tato.

Pero aparte de estas cosas, Apocalypto es un film de acción y aventuras lleno de sangre y testosterona (aunque la esposa del protagonista hace gala de unas agallas envidiables) no muy alejado de entretenimientos como Acorralado o Depredador, de la cual hay varias referencias visuales directas. El héroe low-tech enfrentado a una fuerza superior a la que combate gracias a su conocimiento del entorno natural, o dicho de otro modo, una guerrilla formada por un solo hombre. Y lo mejor de todo es que si desaparecieran los subtítulos, la película sería entendida a la perfección, ya que el poderío visual y la fuerza narrativa de Mel Gibson como director hacen que lo que se vea en pantalla sea cine puro y duro.

Apocalypto no es apta para personas con el estómago débil ni para listillos con prejuicios que no saben separar la vida privada del director de la obra del artista, esos que se van a quejar de la película aunque les guste sólo porque la ha realizado un merluzo como Mel Gibson.

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