Alucarda, de turbio origen y marcada por un misterioso nacimiento, es acogida en un convento. Allí ingresa también Justine, una muchacha de similar edad. Las dos púberes pronto se convierten en amigas inseparables. Una mañana, retozando por el bosque, se encuentran con un amable jorobado con pinta de fauno que intenta introducirlas en la magia negra. Las muchachas huyen espantadas, pero no tardan en mostrar síntomas de posesión demoníaca.
Estrambótica es la palabra que mejor define a esta extraña película que comienza como un cuento de hadas y acaba como una locura inaguantable de aquelarres y posesiones demoníacas. La acción se sitúa en un insólito convento que parece esculpido en una cueva, con unas no menos extrañas monjas que van vestidas con algo así como vendas de gasa, bastante lejos del tradicional hábito estilo Batman. El convento, a su vez, está situado en medio de un bosque que parece suspendido en medio del tiempo y el espacio, donde tienen lugar las pocas escenas de exteriores. ¿Suena atrayente? Lo es, y no recuerdo muchas películas de bajo presupuesto con una escenografía tan lograda y original. Arquitecturas sin la menor relación estética o temporal se dan la mano en Alucarda, ya sea barroco, medieval o prehistórico, fusionándose en unos espacios anacrónicos y suntuosos de un enorme poderío visual.

Ante semejante panorama resulta una verdadera pena que el resto de los elementos del filme rayen a tan baja altura. Para empezar el guión no tiene ni pies ni cabeza, algo que si bien no es primordial en este tipo de producciones, sí que se deja notar. Más graves resultan sus agudos altibajos de ritmo, y más de uno caerá en coma profundo a la luz del televisor. Los valientes que consigan sobreponerse a la total pérdida de interés del tercer cuarto del metraje se encontrarán con una escena magnífica: una endemoniada Justine emergiendo de un ataúd inundado de sangre. Quizá por esta escena en concreto valga la pena darse pellizquitos en los brazos para mantener la consciencia.

Con un guión tan pobretón, la única esperanza de Alucarda son unas interpretaciones correctas, pero tampoco es el caso. De hecho, la actuación de las protagonistas es paupérrima. Cuando no hacen como que tienen sueño, se comportan como bobas histéricas. Dan ganas de sellarles la boca con una grapadora. Risiblemente patética resulta la pobre Alucarda cuando se pone a girar a lo demonio de Tazmania en lo que se supone el primer síntoma de su posesión. El doctor, convertido en el improvisado Van Helsing de turno, no sale mejor parado, y suelta con total seriedad un ruborizante discurso que culmina en la cristianización más rápida de la historia. La dirección tampoco ayuda nada, es floja y desperdicia toda la fuerza de las imágenes. Más logrado está el sonido, que llega a inquietar moderadamente en algún momento.


La película le debe mucho al cine de Jodorowsky, de quien el propio Moctezuma fue productor, y al erotismo más sádico y onírico de Jesús Franco, así como a la literatura de Sheridan Le Fanu. Muy altos nombres (aunque Franco tampoco es Kubrick precisamente) para el tan pobre oficio demostrado en esta hora y media de tosco entretenimiento. Una auténtica pena, con un mínimo de talento y/o ganas Alucarda tenía el potencial para convertirse en un título muy rescatable. Y en realidad lo es, aunque a su manera.

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