Alita

Pues al final ha salido. Casi veinte años lleva en el cajón de James Cameron la adaptación del manga GUNM, hasta que finalmente se ha bajado del burro y ha aceptado que con las todavía lejanas secuelas de Avatar va a estar ocupado durante prácticamente todo lo que le resta de carrera. En lugar de mandar el proyecto a la basura, el director ha dado un paso atrás y le ha pasado el marrón al siempre entusiasta Robert Rodríguez. Tampoco se puede decir que se haya desentendido de la criatura. Como productor y coguionista, Cameron ha desempeñado labores de creación y supervisión para asegurarse de que la cosa no descarrile, además de servir como oportuno reclamo de marketing. Y es que “del productor de Avatar y Titanic” queda bastante mejor en los carteles que “del director de Machete“.

La historia, plagada de lugares comunes, es una suerte de Pinocho ciberpunk dirigido al público adolescente. Tras el apocalipsis bélico de turno, la mayoría de la población del planeta se las apaña como puede en una ciudad basurero mientras unos pocos ricachones viven como dioses en una ciudad flotante. Entre los desechos que deja caer esa clase alta, un científico (Christoph Waltz) encuentra los restos de un robot de combate femenino muy avanzado. Tras reparar a la chica artificial, que despierta sin recuerdos de su vida anterior, la adopta como a una hija y trata de enseñarle los peligros de una sociedad implacable donde solo sobreviven los más fuertes. Por supuesto, robot o no, ella no deja de ser una adolescente y su curiosidad no tarda en ponerla en peligro.

La película adapta de forma razonablemente fiel los primeros volúmenes del manga. Como seinen de manual, esos arcos son los primeros compases de una historia más amplia y por eso Alita tiene mucho de prólogo. En ese sentido la película funciona mejor como capítulo de presentación que como cinta independiente. Y no lo digo porque no sea disfrutable. Las escenas de acción son estimulantes y espectaculares, pero el ritmo es muy irregular, más preocupado por conseguir que los personajes nos caigan bien (cosa que consigue, sobre todo con la propia Alita) que por hacer algo con ellos.

Más me ha chirriado la trama amorosa. Aunque presente en la obra original y muy importante para definir el carácter de la protagonista, esta adaptación la presenta de forma excesivamente edulcorada y superficial. No me ha gustado, pero tampoco puedo decir que haya sido una decisión desacertada. No debemos olvidar que el público objetivo de Alita son chavales de 12 a 22 años. Y, qué demonios, aunque el componente trágico y los dilemas morales estén mucho mejor desarrollados en GUNM, tampoco es que el manga sea Marcel Proust precisamente.

Alita

Robert Rodríguez es muchas cosas, pero ante todo un artesano que sabe adaptarse a lo que toca, sea un telefilme cutre o una superproducción de 200 millones. Quizá debido a la supervisión de Cameron o a que en realidad el chileno no tiene un pelo de tonto, el alto presupuesto no se le ha subido al sombrero y durante todo el metraje se muestra con los pies en el suelo, sin más extravagancias que las que pide el propio diseño de producción. El resultado es una película vistosa, que se ve con gusto y se olvida con la misma facilidad.

Para bien o para mal, Alita nace con vocación de saga cinematográfica y su principal problema es que acaba con un final anticlimático que abre la puerta a una secuela que, a día de hoy, todavía no está garantizada. Hay suficientes aciertos en la cinta para esperar con buenos ojos esa hipotética continuación que, conociendo el material de origen, tiene muchas papeletas para superar a su predecesora con holgura.

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