Ya hace casi una década que los aficionados al noveno arte disfrutan y discuten sobre 300, ese cómic difícil de guardar en la estantería por su formato apaisado y de gozosa revisión gracias a los espectaculares diseños de Frank Miller, quien aquí añade a sus famosos claroscuros buenas dosis de colores espectaculares, sin olvidar esas chocantes rótulos entre episodios. Toda una delicia para la vista al servicio de una historia épica que renuncia al rigor histórico y opta por la hipérbole del mito. Así, el propio Jerjes es un ambiguo ser recargado de piercings, los espartanos son poco menos que berserkers con el poder destructivo de un terremoto y las batallas son propias de los tebeos superheroicos. A más de un lector y crítico le ha molestado que 300 se narre desde la perspectiva espartana, sin censurar la dureza de sus costumbres (ya sea la eliminación de ejemplares “defectuosos” en el monte Taijeto o la crueldad a la hora de instruir a sus soldados) juzgando a la obra de Miller como un ejercicio de filofascismo.

Prácticamente todo esto se puede decir de la adaptación cinematográfica, que sigue el modelo de Sin City (incluso al elegir una novela gráfica de Miller) y recrea en movimiento las viñetas de la obra original echando mano de las nuevas tecnologías. Como suele pasar en estos casos, las imágenes son puro eye candy, ya que los cineastas hacen lo que antes era imposible, que es inventar escenarios a su antojo, manipular colores y velocidades, alterar la realidad, etc… Pero también, como sucede en este arte todavía en pañales que son las películas “de pantalla verde” (Sky Captain, Sin City, las nuevas Star Wars…), el film resulta frío y artificial, ya que los actores no tienen referencia visual de lo que están haciendo y tienen muy poca libertad de movimientos al estar la puesta en escena demasiado calculada (el efecto “Belén viviente”). Por otro lado, la tecnología (o quizá los espectadores no acostumbrados a los entornos imaginarios) aún no está tan desarrollada como para no tener la impresión de estar viendo una mezcla de imagen real y dibujos animados. Tanto preciosismo (sí, se pueden hacer decapitaciones bonitas) y cámara lenta recuerda demasiado a los videoclips y los spots publicitarios, si bien es cierto que Zack Snyder tiene más maña para la acción que otros directores actuales y, pese a innecesarios “acelerones”, demuestra saber hacer algo más que menear la cámara y recurrir a confusos montajes rápidos.

En cuanto al contenido del que tanto se han quejado en Mordor, hay que señalar que 300 no comparte la reverente fidelidad al original de la que hacía gala el Sin City de Robert Rodríguez, lo cual es de agradecer para el espectador que ya conoce la obra original y quiere algo más que un vistoso déjà vu. Los cambios realizados tienen desigual resultado, desde la divertida depravación de la que se ha dotado a los persas (que cuentan en sus filas con orcos y ogros, además de organizar orgías sadomaso) hasta la aburridísima inclusión de una subtrama protagonizada por la esposa de Leónidas. De todos modos, lo más decepcionante es la suavización de los espartanos, de los que se atenúan los detalles más escabrosos del cómic a la vez que se insiste en cierta justificación de su carácter y motivaciones por medio de reiterativos discursos.

300, casi como pasa con la novela gráfica, se disfruta más con los ojos que con el corazón. Para un público más mayor o más serio resultará, con toda la razón, un esperpento incomprensible. Por su parte, a la chavalería consolera le entusiasmará ver algo cercano a sus veneradas aventuras digitales. Desde aquí opinamos que esto es más un experimento que una verdadera película, y por ello es más que posible que en un futuro le demos el valor que poseen los pioneros.

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