Es difícil convertir en memorable la enésima visita a España de una banda tan veterana y tan querida como Iron Maiden. Y, sin embargo, su último concierto en Madrid ha tenido mucho de acontecimiento debido al empeño quijotesco de unos promotores locos que han puesto toda la carne en el asador para brindarles a los de Steve Harris la oportunidad de actuar, por primera vez en nuestro país, en un gran estadio.

Reunir a más de 50.000 metalheads en el flamante nuevo estadio del Atlético de Madrid no era reto baladí, pero ni el elevado precio de las entradas (en torno a los 100 euros) evitó que quedara demostrado que el poder de convocatoria de la Doncella no tiene nada que envidiar a grandes estrellas mediáticas como AC/DC, Metallica o Guns n’ Roses, bandas capaces de atraer, además de a los de siempre, al gran público que escucha Rock FM en el coche y que tiene alguna camiseta de los Ramones del Primark. El futuro dirá si este logro fue algo puntual o es el tratamiento que cabe esperar para futuros conciertos de la banda, pero el suspiro de alivio de los promotores se ha debido escuchar hasta en Panamá.

Rechinar de dientes para los pobres desgraciados que desearon abiertamente un fracaso absoluto porque eh, no iban a gastarse 100 euros porque hace 20 años los conciertos costaban dos mil pesetas. Con unas 53.000 entradas vendidas, la fecha madrileña ha sido, de hecho, la mayor en cuanto a público de toda la gira europea. También ha sido la única en contar con invitados especiales propios.

Todavía atizaba el implacable sol de julio cuando salieron a escena los franceses Gojira para dejar al personal con el culo torcido. Su propuesta parecía, a priori, algo extrema para acompañar al heavy clásico de Maiden, pero su gran nivel técnico, su entrega escénica y la originalidad de su estilo bastaron para meterse al público en el bolsillo. Extremo o no, el setlist breve pero intenso del trío fue despedido con una gran ovación y un buen número de nuevos fans.

El puesto de “teloneros premium” le tocó a Sabaton. Sin gustarme es ya el tercer concierto de estos tíos que me toca comerme, así que doy por hecho que casi todos los presentes los habrían visto ya en algún festival u otro. Como las lentejas de mi madre, si te gustan te los comes y si no también. Lo mejor que puedo decir es que estuvieron simpáticos y suplieron la falta de chispa de sus canciones con sus habituales cucamonas sobre el escenario. Por lo demás, pues ya se sabe, ellos haciendo lo suyo, con su “primo victoria”, sus samuráis y sus mandangas. Tienen su público, supongo.

La fuente de la eterna juventud

La gente comenzaba a impacientarse cuando, poco después de las 9 de la noche, comenzó a sonar el esperado ‘Doctor, Doctor’ de UFO, seguida por el discurso de Churchill que presagiaba el tema con el que Iron Maiden saldría al ruedo: ‘Aces High’. El arranque no pudo ser más espectacular. Sobre el escenario se alzó un caza Spitfire a tamaño real con hélice motorizada y la banda salió a escena como un cohete, con un Bruce Dickinson en perfecto estado de forma ataviado con unas gafas de aviador.

No sé si este señor se mantiene joven a base de beber sangre de vírgenes, pero lo suyo es prodigioso. Con 60 años que cumplirá este verano y recién recuperado de un cáncer, el británico exhibió un nivel físico que ya quisieran muchos treintañeros. Su desempeño vocal también estuvo a otro nivel. Si bien en gira de presentación de ‘The Book of Souls‘ se le notó un registro más bajo y seco de lo habitual, una lógica consecuencia de su tratamiento (la quimioterapia provoca sequedad en la boca), en esta ocasión demostró que su recuperación es completa. La edad sigue sin pasarle factura y consiguió llegar a unos agudos que llevábamos mucho tiempo sin escucharle. Así lo demostró la apertura o el mejor ‘Hallowed Be Thy Name’ que nos ha regalado en directo en décadas. Su interpretación durante las dos horas de show no tuvo nada que envidiarle a la documentada en el ‘Rock in Rio’, de 2002, y ha llovido bastante desde entonces.

Basta una mirada al setlist para darse cuenta de la confianza de la banda en la recuperación de su vocalista, con la repesca de ‘Where Eagles Dare’ o ‘Flight of Icarus’, dos canciones tremendamente exigentes que volvieron a las tablas después de una larga ausencia.

A pesar de tratarse de una gira de grandes éxitos, los de Harris no fueron excesivamente endogámicos con el material ochentero. Hubo títulos más recientes como ‘For the Greater Good of God’, ‘The Wicker Man’ e incluso sorprendieron con dos de la era Blaze Bayley: ‘The Clansman’ y ‘Sign of the Cross’. A pesar del papelón que le tocó al pobre sustituyendo a Dickinson durante sus años fuera de la Doncella, hay mucho rescatable de esa era que poco a poco se está revalorizando entre los fans. Lo demuestra lo bien recibidas que fueron estas dos piezas. Sonaron deliciosas y, dada su longitud, sirvieron para dar paso a algunos de los momentos más teatrales de la noche. Durante ‘Sign of the Cross’ Dickinson apareció ataviado de monje, jugando con un crucifijo luminoso, y en ‘The Clansman’ echó mano de una espada para emular a William Wallace.

No fue el único momento que el cantante aprovechó para hacer gala de sus dotes como espadachín (para el que no lo sepa, aquí dejo el dato de que Bruce Dickinson estuvo a punto de participar en los Juegos Olímpicos de Barcelona como miembro del equipo británico de esgrima), durante ‘The Trooper’ se enfrentó sable en mano al inevitable Eddie zancudo, que esta vez iba de soldado de la Caballería Ligera que inspiró la canción. En esta ocasión, el momento de exaltación británica fue sustituido por un ondeo de la bandera española. Es el tema de siempre y sonó como siempre, pero las más de 50.000 entregadísimas almas entonando los coros le dieron un plus de epicidad que parecía exclusivo del público sudamericano.

El escenario fue sufriendo una metaformosis conforme avanzaba el concierto. Tras una decoración inspirada en las temáticas bélicas del primer acto, se convirtió en una iglesia durante el segundo, centrado en la mitología y la religión. Por último, ‘The Number of the Beast’ desató el infierno y la recta final fue pasto de las llamas, con el Eddie hinchable gigante más satánico hasta la fecha, el retorno de la imprescindible ‘Hallowed be thy Name’ y la traca final explosiva de ‘Run to the Hills’, otra ausente en las últimas giras que volvió a sonar de maravilla, con un pletórico Dickinson en estado de gracia y un público extasiado.

Una noche para el recuerdo

El concierto de Iron Maiden en el Wanda Metropolitano fue publicitado como un evento histórico y ciertamente lo fue. Al margen del reclamo del recinto, que presentó una acústica desigual, muy buena para el público de pista pero con una molesta reverberación que deslució el sonido desde las gradas, la legendaria banda británica ofreció un espectáculo al nivel de sus mejores años, potenciado por un gran despliegue de producción.

Aunque este ‘Legacy of the Beast Tour’ no es una gira de despedida, no resulta realista pensar que los británicos puedan mantener este nivel durante muchos años más. Ojalá tengan gasolina para seguir en la carretera, pero después de un show tan apoteósico en todos los sentidos flotaba en el ambiente el convencimiento de que habíamos tenido la suerte de disfrutar por última vez de Iron Maiden en todo su esplendor. Que todo lo que pueda venir después de esto probablemente vendrá ya cuesta abajo. A pesar de esa reflexión agridulce, joder, este concierto fue algo para contar a los nietos.

Setlist
Churchill´s Speech – Aces High
Where Eagles Dare
2 Minutes to Midnight
The Clansman
The Trooper
Revelations
For the Greater Good of God
The Wicker Man
Sign of the Cross
Flight of Icarus
Fear of the Dark
The Number of the Beast
Iron Maiden

Encore:
The Evil That Men Do
Hallowed Be Thy Name
Run to the Hills

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