Conocido por sus relatos de ciencia ficción especulativa y en menor medida por sus ensayos de divulgación científica, la vasta producción bibliográfica de Isaac Asimov esconde algunas rarezas olvidadas que vale la pena rescatar. Una de las más singulares es Azazel, su peculiar giro de tuerca de la temática de “genio de la lámpara que la lía parda porque pilla las cosas regular”.

El tomo recopila casi una veintenta de relatos cortos protagonizados por George, tipo que dispone a su servicio de un pequeño diablillo de dos centímetros capaz de conceder deseos. Aunque el poder de este ser es limitado y establece como condición que George no puede abusar de él para su beneficio directo, el tipo es un golfo de primera y trata de buscarse las mañanas para sacar provecho de forma indirecta. El problema es que Azazel no termina de comprender del todo cómo funcionan las cosas en el mundo de los humanos, así que sus intervenciones, aplicadas de una manera excesivamente literal, acaban explotándoles en la cara a todos los implicados, con hilarante resultado.

La estructura de todos los relatos es prácticamente idéntica. El personaje, un golfo y un vividor de cuidado, se encuentra con un amigo en un local y le cuenta alguna de sus desventuras con la intención de gorronearle una comida o unas copas. Y él, un escritor que hace pasar por suyas esas historias que luego vende a una revista, se presta encantado, claro.

Sobre diversas variaciones de ese mismo planteamiento desfilan una serie de ocurrencias tremendamente ingeniosas, que nos descubren al Asimov más satírico y picante. A pesar de que la narración es muy ligera, sorprende con qué mordacidad consigue indagar en la condición humana. Detrás de cada deseo malogrado se encuentra una deliciosa fábula que disecciona lo peor de la condición humana.

Hombres lujuriosos, el ansia por alcanzar el éxito sin esfuerzo, una mujer que acaba siendo esclava de su propia belleza… Estos bocaditos de picaresca y escarmiento son un despiporre, pero su genialidad radica en que también invitan a la reflexión.

Azazel descubre el lado más afilado e irónico de Asimov, un autor recordado por su inteligencia y por la lucidez de su prosa, pero no tanto por un sentido del humor exquisito que, estando presente en mayor o menor medida en toda su obra, rara vez acapara todo el protagonismo. Este volumen puramente cómico, en cambio, nos recuerda que el gran maestro de la ciencia ficción moderna era, además de un visionario, un verdadero cachondo.

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