Los homenajes institucionales son horribles. Tomemos de ejemplo a Paco Rabal. ¿Cómo demonios pueden llamar homenaje a una estatua que si no es por el pajarico y la placa no sabemos a quién representa? También está la filmoteca, claro, pero ¿a qué murciano se la iban a dedicar si no?

No, los verdaderos homenajes deben ser espontáneos, sutiles, casi secretos, como un guiño de complicidad entre dos personas que se conocen muy bien. El mejor homenaje a Paco Rabal lo he visto en los cines Nueva Condomina. Sí, uno de esos multicines que todo el mundo critica pero que a la hora de la verdad son el único modelo de negocio que permite que los engranajes oxidados de una industria agotada sigan girando.

Allí, junto a la entrada, invisible para el gran público, el ojo entrenado puede encontrarse, no sin antes frotarse los ojos un par de veces, con una imagen del cartel de La invasión de los zombies atómicos (Incubo Sulla Città Contaminata), una de las obras más ramplonas del euro-terror setentero y el último coletazo de una auténtica ola de producciones, la mayoría de origen italiano, que surgió a la sombra de Zombi (Dawn of the Dead), de George A. Romero.

Dirigida por el inefable Umberto Lenzi, artífice de otras entrañables marranadas de similar calaña, la película comienza con el ataque de unos “zombies terroristas” que toman un aeropuerto. A partir de ahí se desencadena un auténtico delirio capitaneado por Paco Rabal en el papel de un oficial del ejército de los Estados Unidos (para poder hacer pasar la película por americana, claro, en realidad es una producción hispano-italiana rodada en Madrid).

La película, por supuesto, es una auténtica maravilla que merece ser revisionada una y mil veces y no descansaré hasta que sea proyectada en la Filmoteca Regional algún día. Entre sus escenas estelares nos encontramos con un ataque zombie a una cadena de televisión mientras se graba un número de baile con música de Rafaela Carrá, un desparrame en el parque de atracciones de Madrid y un final antológico para tirarse de los pelos, de estos que te hacen levantarte del sofá señalando a la pantalla al grito de “¿¿¿quéeeee???”.

Dejo un tráiler americano que aglutina en tres minutos y medio toda la grandeza de la película (allí Nightmare City, menudo baile de nombres). Como curiosidad, tuve la oportunidad de conocer a uno de los extras que aparecen en las escenas aéreas, entonces niño. Según me contó, en realidad no eran hordas de muertos vivientes lo que se veía en tierra, sino niños a los que habían convencido para “salir en una película” a cambio de unas cuantas golosinas. Eran otros tiempos.

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