Hará cosa de dos años tuve el placer de emailearme con Carlos Aured. Yo había escrito un comentario sobre “El espanto surge de la tumba”, de 1973, en una tosca página web que llevaba por aquellos años. Era la primera película que él había dirigido y, a pesar de haber sido preparada “a pijo sacao”, con ese hablar en plata que tenemos por estas tierras, es una de las obras más recordadas del terror español pre-subvenciones, si es que alguien se acuerda de esta etapa ninguneada en este país hasta lo escandaloso. Un cine entrañable de matojos, teta al aire y dentaduras postizas ensangrentadas, borrado con tachón grueso de los libros de historia. No así fuera de nuestras fronteras, donde los coleccionistas pagan cifras altísimas por los carteles originales de estas producciones, pero eso ya es otro tema.

El caso es que el director se dirigió a mí haciendo gala de una sinceridad que me abrumó y me descolocó bastante en su día, y que entonces no alcancé a comprender del todo. Hoy sí. No diré que se sentía dolido, claro que no, pero de algún modo le había tocado la fibra sensible.

Lo cierto es que yo no era consciente de haber sido especialmente duro en mi valoración de la película. Al contrario, la película me encantó y hoy me sigue fascinando, pero probablemente no supe comunicar cómo sus errores técnicos y su factura chapucera eran precisamente su mayor virtud, porque le daban una espontaneidad y un encanto artesano que ya no existe en la actualidad.

“Tú crítica es dura, pero lo que me preocupa, lo que me duele, es que es verdad”. Estas palabras se me quedaron clavadas en mi patético ego periodístico, porque me demostraron que debajo de mi criticucha de universitario cinéfilo no había ni una chispa de talento. No podía haberla si no había sido capaz de algo tan sencillo como describir con justicia lo que la película había significado para mí.

Su respuesta se me quedó clavada como una espina en el gaznate durante año y pico. No podía ser que ese hombre se quedara con esa impresión de mí, tenía que solucionarlo. Así que le propuse quedar con él de alguna manera para una entrevista rápida.

Nunca me respondió. Supuse que se había quedado más ofendido de lo que me había dado a entender, un razonamiento bastante infantil que hoy me da bastante rabia. Sobre todo ahora, porque acabo de enterarme de que Carlos Aured murió el año pasado de un infarto. Y esto me da todavía más rabia, que yo haya tardado un año en enterarme.

Sin homenajes ni florituras, este murciano de nacimiento dejó el mundo con tan poco ruido como hizo en vida. Invisible para el gran público, deja un puñado de obras malditas del cine español que quedarán para siempre como hijos bastardos de una época incomprendida. Y en cuatro desviados, un frágil rastro, como de huellas en la arena. Qué ingrata profesión, la del cineasta incapaz de seguir los cánones de las corrientes del buen comer.

Comentarios

Por favor identifícate para comentar
avatar

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.